Café de la Cité

Posted on agosto 7, 2012 por

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Por Alfonso Pabón Parra

No sé si fue el momento, la edad o la perspicacia de la vida que me llevó a ese punto, al de estar enamorado. Pasaba yo por esa época en mi vida en la que todo parecía ser perfecto: era soltero, tenía dinero, mantenía una elocuencia que llamaba la atención en cualquier reunión o lugar en el que me encontrase. Sentía que todo fluía como una melodía de Debbusy y creía que así podría vivir el resto de mi vida, disfrutando de los placeres hasta el último momento, sin arrepentimiento alguno, sin lamentar nada.

Vivía en una silenciosa calle de Montparnasse en París. Despertaba todas las mañanas a las seis y cuarenta y tres, siguiendo mi maldito resabio de no respetar las horas en punto, tomaba un café y fumaba un cigarro mientras veía a los transeúntes desde mi balcón. Me alistaba para salir y me dirigía a la oficina para hacerme cargo de mis mediocres, pero fructíferas labores del día. Caminaba con convicción hacia el trabajo, de gabardina y sombrero muy elegante en la imponente París, compraba el diario y saludaba a los vecinos, veía en el rostro de las señoras esa admiración y esa cara de “por qué mi esposo nunca se vio como él”. Llegaba a la oficina y me adentraba en el saber, el saber de que todo marchaba bien. Al terminar mi trabajo mediocre, continuaba mi día y disfrutaba de un buen vino rosado que nunca me bastó de aperitivo sino que siempre acompañó mis comidas. Finalizando el día acudía a algún encuentro social, jugaba cartas con un grupo selecto de colegas o me introducía en el encuentro carnal con alguna de mis amantes, sin quedarme alguna vez por fuera de la casa o amanecer con alguien a mi lado en la mía. Era mi diario vivir, y era feliz. Lo disfrutaba y sabía que nada iba a cambiar. Lo tenía todo, lo podía conseguir todo.

Caminaba un martes por una estrecha calle del distrito cuando descubrí que habían abierto un pequeño café. Era muy pequeño y me pareció de mal gusto su fachada con luces de neón, pero sentí un deseo de entrar que se transformó en una fuerza de imán que no me dejó opción. Me establecí en una de las mesas de afuera, prendí un cigarro y esperé a que me atendieran. Y ahí fue el momento, la primera vez que la vi. El momento en que una falacia en la lógica de mi vida ocurrió: me enamoré. Era de tez blanca, pelo corto y negro que hacía juego perfecto con sus ojos del mismo color, mirada inocente y perdida, una voz un poco chillona que pasé por alto y que no pude dejar de ver. Me refiero al movimiento de sus labios diciendo buenos días señor, ¿desea tomar algo?

Ese día no fue un día. No sé qué fue, pero era algo que jamás había sentido. En la oficina no hice sino pensar en ella. En el restaurante griego donde todos los días tomaba mi vino rosado, no hice sino pensar en ella. Decidí no asistir a la noche de juego y compré una botella de vino y un paquete de cigarros. Me adentré en lo profundo de mi ser para tratar de buscar una explicación a lo que estaba sucediendo. Entonces comprendí que estaba enamorado.

Decidí no ir al trabajo al día siguiente. A fin de cuentas era un trabajo mediocre y yo era el jefe, no tenía que rendirle cuentas a nadie. No me bañé, salí en pijamas a la licorería del frente, pedí dos botellas de vino y me dispuse a buscar una solución a lo que estaba sucediendo. Por un momento creí que era algún disparate de la edad. Seguramente eso es, dije en mi mente, pero y si no. Volví a desesperarme. Caminaba por la casa y bebía vino, fumaba cada diez minutos, rompiendo la regla de las horas en punto. Por un momento llegué a sentir que lo que estaba era enfermo, pero y si no. Volví a desesperarme.

Pasaron dos semanas en las que no salí de la casa sino para comprar vino y cigarros. Me alimenté con paté de salmón y galletas. Mi mente seguía consternada. Era de mañana, eran las ocho y diez, y sentí como si un rayo me atravesara todo el occipital. Entonces, tomé la decisión: me bañaría, me pondría mi mejor traje e iría en busca de aquella mujer, de la que estaba enamorado.

Llegué al sitio y vi su nombre por primera vez, se llamaba Café de la Cité. Esta vez la fuerza de imán me llevó hacía adentro, me senté y esperé a que me atendieran mientras sonaba la canción aux champs élysées. Mi sorpresa fue que me atendió un hombre, gordo y de mal gusto como aquel lugar. Pedí mi café y observé todos los rincones del lugar, sin encontrarla, a ella, a la mujer de la que me enamoré.

Durante dos meses visité el lugar sin encontrar a aquella mujer. Bebía una y hasta dos tazas de café, iba a diferentes horas por si se encontraba en ese momento comprando algún suministro para el lugar o simplemente en el baño. Pero nunca la encontré, a ella, la mujer de la que me enamoré. Decidí entonces hablar con el dueño, busqué la forma de preguntarle sutilmente por aquella mujer que un día me preguntó que si deseaba tomar algo, y lo hice. Ese fue el primer día que la extrañé. Resulta que ella había desaparecido, había dejado el trabajo botado y lo único que dijo alguna vez es que venía a París en busca del amor que nunca nadie le había expresado, el amor que jamás había sentido por alguien, ni si quiera por sus padres ya fallecidos. Lo último que me dijeron de ella era que se llamaba Marie.

La extrañé todos los días de mi vida y la amé hasta el último suspiro. Dejé la vida de antes. Ya no me importaba verme bien. Asigné a un administrador que me traía las ganancias del negocio a la casa y con eso vivía el diario, que se convirtió, hasta el último día de mi vida, en paté de salmón, vino y cigarros. El vino rosado se convirtió en tinto. Pensaba en ella, escribía poesía, pintaba y dibujaba, siempre pensando en su bello rostro, en su pelo corto y negro. Salía todos los días a tomarme un café en aquel lugar. Siempre me senté en aquella mesa donde Marie me atendió. Me arrepentí por siempre de no haberle hablado, de no haberle dicho lo bella que era, de no haberla invitado a caminar por Monmartre. Así viví el resto de mi vida, sumergido en el amor de Marie, en el arrepentimiento, en la carga, en la vida vacía que me quedaba, que algún día pensé que estaba llena y que ahora comprendía que no era así, que solo me faltó una cosa y que no fue como pensé, no la conseguí. También entendí que me enamoré, que fue mi primer amor y el último, que lo único que sabía de ella era que buscaba el amor, que se llamaba Marie, y que trabajaba en un lugar llamado Café de la Cité.

Fotografía: (cc)Moyan_Brenn

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