Choque de trenes y culturas

Posted on junio 28, 2012 por

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Por Sofía Salas Ungar

No encontré ninguna arruga en mi cara, ni mucho menos una cana en mi pelo, pero hoy sentí que el tiempo realmente vuela.  Me dio nostalgia de un viaje que  mi hermana y yo hace un año apenas empezábamos. “Y parece que fue ayer”. No voy a hacer un recuento de todo el recorrido, sólo de una historia de la que me acordé hace unos días en un trancón en un taxi, cuyo conductor ya había gastado todos los monosílabos.

Lugar: Hanoi, antigua capital de Vietnam del Norte
Temperatura:
38C
Destino:
Hue, antigua ciudad imperial
Medio de transporte:
Un tren, el tren del horror

Ya habíamos pasado varios días en Hanoi y sus alrededores. Nuestra próxima parada era Hue, una antigua ciudad imperial, a la que se le notan lo imperial, los años y el descuido.

Aunque alcanzamos a comprar tiquetes para irnos en literas, a los 10 minutos la señorita de la estación llegó corriendo a donde estábamos gritando “no bed, no bed, no bed”. Había un problema de comunicación y nos habían vendido unas camas inexistentes. Por casi el mismo precio, nos montó en un tren sentadas. Ahí empezó el viaje del horror.

Llegamos a la estación. Trataron de timarnos diciéndonos que los tiquetes eran falsos y debían ser revisados. No contaban con mi astucia. Miento, no contaban con la malicia indígena que, de nacimiento o aprendida, tenemos los colombianos. Finalmente logramos montarnos en el tren, en el último vagón. El nuestro era el primero. Empezamos a atravesar los vagones: literas de primera clase, de segunda, de tercera, sillas reclinables y espaciosas, después sillas reclinables y no tan espaciosas. Llegamos al primer vagón y no creíamos lo que veíamos, “seguro leímos mal el número”. Las sillas eran bancas. Sí, bancas, como esas que hay en los parques. Tal cual, de franjas de madera. Y ahí pasaríamos las siguientes 15 horas de nuestras vidas, que duraron más de lo que dura una semana a la espera de una noticia.

Cuando encontramos nuestro puesto (sorprendente numerado) en una de los tantos pares de bancas separados por una mesa, nos sentamos con la esperanza de que las dos sillas fueran sólo nuestras, que los vecinos nunca llegaran. El deseo se hizo realidad por aproximadamente tres estaciones. En nuestro vagón viajaban sólo locales: familias, parejas, mujeres cargando maletas, bolsas y costales, niños y ancianos. Los niños nos miraban con los ojos abiertos por varios segundos, los adultos lo hacían con cara de “y estas, ¿qué o qué?” . Probablemente con esos mismo ojos estábamos nosotras mirando todo a nuestro alrededor: los olores que no conocíamos, la señora que gritaba por el celular y nada que colgaba, el niño que corría por todo el vagón.

Era evidente que no pertenecíamos y que éramos intrusas. Tras unas dos horas, que parecieron 567, pasó una señora con un carrito lleno de paquetes y latas de productos que parecían conocidos. Asumimos que un paquete en forma de cilindro, de color azul con letras blancas, sólo podía traer buenas noticias: tenían que ser las Oreo vietnamitas. Dado que la vendedora no hablaba inglés, la señora que estaba sentada en frente, una mujer joven que viajaba con su hijo de unos 3 años, se ofreció a fungir de intérprete. “Tan querida”, pensamos. Sí, tan querida que de los 30.000 Dongs (aproximadamente 3000 pesos) que le pagamos a la señora del carrito, a ella le correspondieron 5.000. Nos habían tumbado en nuestras caras y esta vez ni siquiera la malicia indígena nos permitió preverlo. Y aunque eran sólo 500 pesos, da mucha rabia que a uno le vean la cara de boba. Nos resignamos, pues no estábamos en condiciones de discutir.

Entre las sillas de madera y la desconfianza, nos era imposible conciliar el sueño. Decidimos que era hora de comernos nuestro picnic: pan con queso. El queso es relativamente caro y escaso en Vietnam, pues los locales consumen  más bien poco. Lo confirmamos cuando empezamos a armar los sandúches por las miradas de la gente a nuestro alrededor.  Una vez más, nos observaban. En la extrañeza nos sentimos identificadas cuando nuestra vecina, la de la “comisión”, sacó su propio picnic: de una bolsa de líneas azules y blancas (igualita a las de tienda de barrio colombiano) sacó un gallina entera. Sí, leyó bien, señor lector. Una gallina entera. Cocinada y despellejada pero entera, con ojos, pico y patas. Con sus dedos empezó a cortar trozos y a comérselos con su hijo. Uno a uno, iba pelando los huesos y sacando las menudencias del animal. Nosotras no sabíamos a dónde mirar, si reírnos o llorar. Optamos, infructuosamente, por tratar de dormir.

Con cada parada nos despertábamos. Se bajaba y se subía gente, llegaban personajes como el señor que oía radio a todo volumen, el borracho de camisa desabotonada y el señor con cinco paquetes amarrados con cuerdas que no cabían en el lugar de las maletas. Las horas se negaban a pasar hasta que empezó a amanecer y vimos, literalmente, la luz al final del túnel. Ya llegando a la esperadísima última estación, el borracho gordo, desabotonado y bizco, nos preguntó de dónde éramos. Una y otra vez, hasta que nos asustamos. Paranoicas que somos, ya teníamos todo un plan para la bajada: “tú bajas las maletas y yo salgo corriendo a donde un policía para que nos proteja de este señor”. Nunca pasó, pues efectivamente era pura paranoia. El señor se bajó dos estaciones antes que nosotras.

Finalmente llegamos a Hue, la famosa ciudad imperial. Ya ahí sólo podíamos reírnos de nuestro viaje en tren, al que llamamos “el tren del horror”.

Fotografía: (cc)skyfish81

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Posted in: Crónicas, Especiales