El Maestro León y sus clases de amor

Posted on junio 24, 2012 por

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Por Lina Uribe

El día de la graduación, el Maestro León me dio la lección más bonita que he tenido en estos 47 años. Desde que estábamos en tercero de primaria, casi todos los niños del curso nos sentíamos atraídos por las niñas del colegio del lado. Estudiaba yo en un colegio masculino, pero tan solo una reja llena de arbustos dividía nuestro patio del colegio contiguo en el que las niñas hacían educación física con unos minúsculos pantaloncitos blancos.

El Maestro León era con quien teníamos más confianza. No enfocaba sus clases de español solamente a enseñarnos las letras, sino que nos hablaba de asuntos familiares y personales. Un día, mi gran amigo Gerardo, el que se sabía más jugadas de fútbol, le preguntó que cuándo estaríamos preparados para el amor. El Maestro se rascó la cabeza y dejó escapar una pequeña sonrisa que le borró por un instante los pliegues que tenía encima de la boca. Le respondió que todavía no. Solo eso. Un simple “todavía no”. Gerardo volvió a sentarse en su puesto y el Maestro continuó con su clase. Desde ahí, el tema del amor se convirtió en una obsesión para todos. ¿Cuándo estaríamos preparados para el amor? Nadie lo sabía. Incluso en los recreos, en el intermedio de los partidos de fútbol y en el espacio entre clases tocábamos el tema entre nosotros. Julio y David aseguraban que para el amor no había que estar preparado,  que solamente era necesario aprender cosas como dar un beso o hacer los hijos. Sin embargo, el resto del curso creía en las palabras del Maestro León sin discusión alguna.

Cuando estábamos en sexto grado, Gerardo llegó un día con una sonrisa que no podía ocultar. Nos hicimos alrededor de su puesto y le preguntamos el motivo de su felicidad, pero se negó a respondernos. Todos intentábamos sacarle la verdad, pero cada vez parecía menos posible. La clase de ciencias terminó y comenzó la de español. Antes de que el Maestro León iniciara con el tema del día, Gerardo levantó su mano y se paró del puesto. El Maestro le dio la palabra.

  • Maestro León, ¿se acuerda usted de Lucía, la niña del colegio del lado a la que le di los poemas que hicimos la clase pasada?

Ahora estoy seguro de que el Maestro León no tenía la más mínima idea, pero su respuesta fue afirmativa.

  • Ayer, a la salida, se acercó a mí para decirme que le habían gustado mucho. Cuando nos despedimos, me dio un beso en la mejilla cerca a la boca. Con todo eso, ¿cree que ya estoy preparado para el amor?

El Maestro, como era de costumbre, se rascó la cabeza y sonrió con dulzura.

  • No, Gerardo. Creo que todavía no estás preparado para el amor.

Todos quedamos estupefactos: ¿cómo era posible que el Maestro le respondiera eso si Gerardo había estado a punto de besarse con una niña? Nadie, ninguno de nosotros había llegado nunca tan lejos. Lo máximo que habíamos hecho era dejarles dulces en la reja, y jamás supimos si los cogían ellas o los jardineros que frecuentaban el sector.

La duda continuó en nuestras cabezas. Estábamos seguros de que el Maestro León era un hombre sensato y estaba listo para el amor. No sabíamos por qué, pero así lo sentíamos. Además, alguien que no estuviera “listo para el amor” no sería capaz de identificar a las personas en su misma condición. Lo habíamos visto coquetear unas cuantas veces con una profesora y una vez, en un bazar de los que se hacían en el colegio, lo descubrimos tomado de la mano de una mujer con una abundante y negra cabellera.

Felipe entró en noveno. Estudiaba antes en un colegio mixto en el que, según él, tenía a todas las niñas enamoradas. Lo cambiaron porque perdió el año. Entrar a un colegio masculino fue su castigo. “Eso fue por estar pensando en niñas, de seguro usted todavía no está preparado para el amor”, le dije cuando terminó de contar su historia. Frunció el ceño y me miró. Parecía no entender nada. En el descanso, mientras hacíamos la fila para comprar la comida, le hablé sobre el Maestro León. Felipe se mostró asombrado y confuso, pero terminó soltando una carcajada y diciendo que el Maestro León no sabía nada del amor. Pasaron varias clases y nuestro compañero se atrevió a retar al Maestro. En la mitad de una clase sobre el acento diacrítico, Felipe se paró del puesto:

  • Maestro León, me gustaría hacerle una pregunta. En el colegio anterior conocí a una mujer. Se llama Marcela y tiene un año más que yo. Me mandaba siempre razones con sus compañeras, por lo que supe que estaba interesada en mí. Después de algunos días, nos besamos, y desde ese momento seguimos haciéndolo a diario.

El Maestro tomó asiento y se cogió la barbilla, que ya estaba adornada con unas cuantas canas. Todos volteamos nuestros puestos para poder mirar a Felipe, que seguía hablando de pie y con mucha seguridad. Continuó:

  • La semana pasada me invitó a su casa. Sus padres no estaban. En el asiento de la sala comenzamos a besarnos. Yo me sentía raro, pero la experiencia era extremadamente deliciosa. Ella puso su mano entre mis piernas y tomó la mía para ponerla en su pecho, por debajo de la blusa. Empezó a apretar y a soltar, a apretar y a soltar. Yo movía mis dedos y la seguía besando.

Todos nos quedamos inmóviles. En el salón solo se escuchaba la voz de Felipe y el ruido de los ventiladores viejos que colgaban del techo. El Maestro león cruzó la pierna y movió un poco la cabeza. Mi compañero siguió con su relato:

  • De repente, Marcela me dijo que fuéramos a su cuarto. Yo la seguí sin titubear, algo muy duro me impedía decirle que no. Me tiró en la cama y se quitó la blusa. Sus pezones rosados actuaron como dos imanes que de inmediato atrajeron mis manos. Empezó a moverse encima de mí  y…

  • ¿En qué terminó todo? –interrumpió el Maestro.

  • En nada, Maestro. La puerta de entrada sonó y el susto hizo que nos paráramos de inmediato: era la mamá que llegaba de hacer las compras. Nos vestimos con rapidez y yo me salí por la ventana.

Todos nos reímos con un poco de nervios. La historia estaba tan entretenida que ninguno le había imaginado un final tan trágico como ese. Era como escuchar el relato de una película de esas que nuestros papás no nos dejaban ver. Felipe terminó con su intervención:

  • Aquí viene mi pregunta, Maestro: ¿cree usted que yo tampoco estoy preparado para el amor? Esto no le pasa a cualquiera… puedo asegurar que ninguno de mis compañeros ha tenido tal experiencia.

  • No, Felipe. Tú tampoco estás preparado para el amor.

El Maestro intentó continuar con su clase, pero una lluvia de preguntas por nuestra parte se lo impidió. ¿Por qué Felipe no estaba preparado? ¿Cuándo lo estaríamos entonces? ¿Qué necesitábamos para estarlo? En ese momento, todos nos sentimos molestos con las respuestas del Maestro León.

  • Ay, mis muchachos –afirmó mientras se rascaba la cabeza-. No exijan respuestas ahora. No son las respuestas el fin. El aprendizaje está en la búsqueda.

Todos quedamos más confundidos que antes. Con caras de derrota, continuamos con la clase. Felipe se sentó, se metió el lápiz a la boca y apoyó la cara en ambas manos.

En grado décimo tuvimos que abandonar al Maestro León. Ahora era el Licenciado Gordillo quien nos daba las clases de español. “Licenciado” era como su primer nombre. Quien no se lo dijera, tenía que hacer una plana de 200 veces esta palabra. “Es para que aprendan a respetar a los mayores”, decía el Licenciado cada vez que amonestaba a alguno de mis compañeros. Cierto día, Julio se atrevió a llamarlo “Gordillo” dos veces y tuvo que pasar los recreos en el salón durante una semana entera.

Al Maestro León y su tema del amor lo olvidamos un poco. De vez en cuando nos topábamos con él en los pasillos y recibíamos su cordial saludo que se acompañaba de palmaditas en la espalda. Ya casi todos teníamos novias y, muy dentro, sabíamos que estábamos completamente preparados para el amor. A David, curiosamente, nunca le conocimos ninguna enamorada. Años después nos enteramos de que se había ido a vivir con un policía y que, al parecer, era muy feliz.

El día de la graduación, momentos antes de que iniciara la ceremonia, el Maestro León nos citó a todos en el salón en el que habíamos cursado tercero de primaria. No sé si fue con intensión o fue una simple casualidad, lo cierto es que ese día se resolvió el misterio. Todos nos sentamos con cuidado en esos pequeños puestos para no arruinar nuestros trajes de gala. Nos tocábamos el cabello constantemente para comprobar que el fijador estuviera perfecto y nos apretábamos con regularidad el nudo de la corbata. El Maestro León se aclaró la garganta e inició su discurso:

  • Yo sé cuán importante es este día para todos ustedes. Sé que tienen nervios y que algunos hubieran preferido utilizar este tiempo para cuadrar los últimos detalles. Sin embargo, quise citarlos porque les debo una explicación desde hace nueve años. Esperé ansioso este día, créanme, para dirigirme a ustedes. Ahora sé que son personas más maduras y con un futuro casi definido. Sé que varios quieren estudiar ingenierías y unos que otros, Medicina.

El Maestro León se aclaraba la garganta constantemente. Por un momento, todos olvidamos nuestra apariencia física y nos concentramos en sus palabras:

  • Un día de abril, Gerardo me preguntó que si ya estaba preparado para el amor. Yo le respondí que no y estoy seguro de que desde ahí no pudieron dejar de pensar en eso. Pues bien, nueve años después sigo creyendo que ninguno aquí está preparado para el amor, incluido yo.

Nuestra memoria se devolvió nueve años y recorrió rápidamente todo lo que vivimos con el Maestro León. Era casi imposible creer que nos estuviera confesando que él tampoco estaba preparado para el amor. Queríamos entonces, con mucha más ansiedad, seguir escuchando su discurso:

  • Antes de conocerlos a ustedes, tuve dos matrimonios fallidos. Creía entonces que por ser ya una persona madura y profesional, podría sobrellevar cualquier inconveniente amoroso. Como pueden verlo, no fue así. Sin embargo, puedo afirmar que amé profundamente a aquellas mujeres. Más adelante, intenté iniciar una relación con la profesora de Ciencias Sociales, pero tampoco sucedió nada. Años más tarde, conocí a una mujer con una abundante y negra cabellera. Pensé que, después de tantos fracasos, con ella todo saldría bien. Tampoco sucedió.

Recordamos entonces a la profesora con la que alguna vez lo habíamos visto coquetear y a la mujer que había llevado al bazar. Nuestros ojos se abrían cada vez más con las palabras del Maestro León. Era como descubrir que los héroes también eran de carne y hueso.

  • A pesar de todo esto, me considero una persona feliz. Nunca nadie está preparado para el amor, simplemente porque “preparación” y “amor” no son términos compatibles. Amar es, por el contrario, no rendirse nunca así exista incertidumbre e inseguridad; es darse nuevas oportunidades cuando creemos que todo está perdido; es cometer errores de nuevo así creamos que la experiencia nos librará de ellos. Amar es no estar preparado y vivir cada oportunidad como si fuera la primera y la última.

Esa, como dije en un principio, es la lección más linda que he tenido en mis 47 años de vida. El Maestro León murió ayer y yo asistí a su entierro. Me encontré con algunos compañeros del colegio y nos dimos abrazos fuertes. Quedamos en contacto y, días después, llevamos una placa a la tumba del Maestro que decía así: “aquí yace una persona que, con orgullo, murió sabiendo que no estaba preparada para el amor”.

Fotografía: (cc)unojofuerte

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