Nada como una sobredosis de trago y comida chatarra

Posted on junio 23, 2012 por

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Por Escobar

Abro Word y encuentro el borrador de la tesis de Victoria. Al parecer hoy me traicionan los recuerdos y me preguntan constantemente por qué cambié mi único tesoro, mi hogar, mi tierra, por buscar en la penumbra de la incertidumbre nuevos caminos.

Me siento a teclear un poco antes de dormir con la esperanza de que pueda contar una historia, tal vez varias, para poder darle un poco de sentido a esta vida sin pausa y sin descanso que he tenido desde aquella tarde en el café Samba, donde di un paso al vacío y me clavé un puñal en el corazón.

No lo logro, sólo viene a mi mente la historia del mejor amigo de Andrea, quien para su proyecto de grado de Arte se coció a la piel pedazos de tela con los nombres de sus mejores amigos. Cada amigo tenía que quitar la tela con su nombre sin la ayuda de tijeras o cualquier otro instrumento corto punzante. Sólo podían hacerlo con sus dientes, probando un poco de su sangre, sintiendo su carne ceder y escuchado los jadeos de su amigo incólume. Otros lo hacían con sus uñas o con encendedores, pero al final todos quedaban con un pedazo de él, aquel que él les había entregado al entrar en su vida y al hacer parte de él.

Me persigue esta historia porque partí mi alma, entregué mi hogar y dejé mi cama desierta sin entender del todo los motivos que tuve para hacerlo.

No hay nada como una Big Mac fría, sin pepinillos radiactivos con textura plástica y sabor a plastilina “Play-doh”. La cebolla, por otra parte, es algo complicado, pero en todo caso, una herejía cuando la hamburguesa está fría. Una botella de Grants sin refrigerar, sólo con un tratamiento de 3 semanas a la intemperie. Sin vaso, quién quiere un puto vaso, de la botella es mejor, sentir cómo se queman los labios mientras aquel líquido ardiente  entra a la boca y luego  se desliza por la garganta. Papas acartonadas, es decir, blandas, sudadas, frías y con sabor a cartón. Simplemente genial. En resumen, un festín de comida chatarra en su máxima expresión.

Un poco de Pink Floyd para que el trago entre un poco más suave  y el sólo acto de ver mi comida no sea traumático. Echoes, nada mejor para sentirse perdido, sumergirse en un viaje de descubrimiento personal y perderse aún más en el intento. Nada mejor para repetirte a ti mismo una vez más que estás completamente jodido, que has perdido el rumbo – si es que alguna vez lo tuviste-  y lo peor, que no tienes la menor idea de por qué o cómo carajos pasó.

Ningún trauma, ninguna experiencia que justifique esta autocompasión enfermiza. Sin explicación aparente, soy víctima y verdugo de un abandono insufrible, completamente ridículo. Es quizás un deseo autodestructivo, un sentimiento de despropósito y desidia que no tiene remedio. Poco a poco se va desvaneciendo toda razón para seguir respirando, pero la inercia supera mi instinto suicida, lo aplaca y vuelve el inevitable tedio de hacer algo.

Respirar, tomar, comer. Todo se vuelve un acto irreflexivo, automático, programado, autómata, como una máquina. Estoy consciente de que estoy, soy y existo -a pesar de que en sentido estricto no pienso mucho-, pero ¿con qué propósito? ¿Respirar una y otra vez hasta que no pueda hacerlo más?

Malditas papas acartonadas, saben más a la caja en que se encuentran que a la grasa en la cual fueron hechas.

Puta serotonina baja, carácter propenso a la adicción, a los juegos y apuestas. Una imaginación sin límites que se deja seducir por fantasías imposibles e igualmente inútiles. Una imaginación que rechaza la realidad, crea otra, una en la que existe un propósito, una espada, un escudo, un mundo por conquistar. Una realidad en la que soy protagonista de grandes victorias, el encuentro de héroes y dioses, grandes y sanguinarias batallas donde el honor, el coraje y la tragedia son un mismo sentimiento al cual soy fiel.

Echoes, las piezas musicales solían ser un placer largo. Movimientos, conciertos, sinfonías. Eran historias completas, la música no sufría de la eyaculación precoz que reproducen una y otra vez en todas las radio estaciones y a la cual le hacen culto en millones de CDs. Las notas y los compases llevaban a la audiencia por distintos paisajes, laberintos, intrigas, emociones complejas. ¡¡Un alegro, un di minuendo, pan!! ¡¡La intriga, y pan!! Un desenlace épico, la cumbre de la historia, los pelos de punta, el calor subiendo desde las tripas hasta la cabeza, ¡¡el orgasmo!! Luego el cierre, una conclusión, la paz fúnebre del campo de batalla días después de librada la guerra.  Pocos son los que aún valoran oír canciones de más de cinco minutos, las canciones que duran más suelen ser mutiladas para crear “versiones para radio” o simplemente no las trasmiten.

La música es un placer, expresa la grandeza del espíritu humano, cuenta leyendas y recuerda grandes héroes, despierta nuestros ángeles y demonios. Todavía hay música, pero no en la radio, ni en la televisión, está escondida esperando a ser encontrada en pilas enormes de basura.

Siempre pasa que se piensa lo peor. También valoro los polvos cortos e intensos, mi pelea es contra las personas que cagan y creen haber creado música con sus gases y el retorcer de sus entrañas, puta vida, yo sería Mozart. Mi desprecio es fan de aquellos que escuchan ese espectáculo y ganan fortunas poniéndolo en  la radio y en el escenario. Me reconforta la idea que aún existen grandes seres humanos que no mutilan el arte y aún aprecian la música.

Se acabó la hamburguesa, ese pedazo de mierda que ahora se encuentra en mi estómago. Siento la pesadez de las cantidades industriales de grasa que me he obligado a consumir y la trato de pasar con más alcohol.

Fotografía: (cc)21TonGiant

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