Ojalá

Posted on junio 20, 2012 por

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Por Sebastián Rodríguez

Numerosos son los relatos que nacieron de una coincidencia, de algo sin importancia, de un día cualquiera o una noche común. Lo cierto es que mientras estoy aquí, sentado frente a esta vieja máquina de escribir y sin la mas mínima intención, pero con la obligación de terminar un informe, no puedo dejar de pensar en esas coincidencias extraordinarias que ocurrieron el día nueve de julio del año en curso en el juzgado cuarto penal de donde tristemente soy secretario de despacho desde hace ya veinte años, cuatro meses y tres días.

Poco importa para el relato qué juicio se llevaba acabo ese día, o quién era el individuo llevado ante los estrados de la justicia omnipresente (seguramente era uno más de los asesinos que matan por hambre o por gusto). La verdad es que no lo recuerdo. No me malinterpreten: durante mi larga y aburrida vida laboral he procurado hacer mi trabajo con mucha dedicación, pero dudo que el mismísimo y honorable juez se acuerde hoy del caso tratado aquella soleada mañana de verano.

Ese día no hubo mucha asistencia a la sala. Además de los abogados de las partes, el fiscal, su señoría y yo, no habían más de tres personas como espectadores (supongo que estudiantes deseosos de justicia idílica o caminantes sin rumbo que van por el café gratis). Después de unos minutos de los alegatos, acusaciones y recursos de rutina, y ante el llamado de uno de los abogados (no recuerdo cual),  irrumpió ella en la sala para echar por el piso lo avanzado hasta ese momento, para cambiarlo todo para siempre.

En este punto es contradictorio lo que los testigos sintieron pues la estética, como el amor, son relativos a cada uno de los espectadores, así que me limitaré a narrar exclusivamente mi experiencia personal. Mi muerte y resurrección, cómo me gusta llamarlo.

Entró sin titubear con la actitud desalmada de toda roba corazones; con la certeza de quien sabe que está muy por encima de las posibilidades de cualquier hombre, sobre todo de los comunes y corrientes vestidos de traje que nos encontrábamos allí y que proliferan por cualquier parte. Tenía un vestido amarillo intenso que contrastaba con su pelo negro y sus ojos azul profundo con motas grises. Su cuerpo era perfecto, de esos que no se puede tocar a riesgo de morir de excitación. La sala se inundó de un aroma a miel, a almendras, o a cielo, un olor a Dios tal vez. Mientras caminaba al lugar donde se sentaría, todos la miramos pasmados, deseosos y enamorados (incluso sentí un suspiro de la otra mujer que estaba en el recinto como espectadora). Creo que escuche la voz de Armstrong cantando la vie en rose, pero no puedo afirmar que fuera en otro lugar más que en mi corazón.

Desde este momento todo fue confusión, caos, creación. Todos trataban de actuar normalmente, pero era inútil. Decían cosas sin sentido. Yo solo copiaba estupideces y el juez le preguntó a la mujer su nombre no una vez sino en repetidas ocasiones rompiendo cualquier protocolo y código ético. Ella solo nos miró sin intención de vernos y, mientras movía sus suaves labios rojos, respondía una y otra vez  Sweet, Sweet Yellow.

Ella era elegante pero informal. Tenía unas manos delicadas pero no intactas; unos pechos redondos y perfectos como naranjas, lo suficientemente grandes para palparlos, pero no tanto para que perdieran cualquier sentido estético. Al caminar parecía hacerlo al ritmo de una pieza de Vivaldi, cómo si el aire a su alrededor le suavizara el paso. Su tez blanca era inmaculada sin llegar a ser descolorida. Hablaba con la autoridad de una intelectual, sin duda era Sweet, my Sweet.

Para mí todo fue amor y pasión. Quería poseerla; besarla, amarla, protegerla, tal vez matarla y quedármela para siempre. Tal vez solo mirarla. Quería tanto que no sé qué quería. Ella era un jazz sin terminar, era los rostros de vos de Benedetti, era el deseo carnal de todo adolescente, era narciso mujer, era todo y nada, era mi presenta y mi futuro.

El juicio perdió todo sentido y ubicación espacio temporal. Solo era ella y nadie más. A la mierda las leyes, a la mierda usted señor juez. Lo único que importaba era guardar este momento en mi mente, inmortalizarlo, morirme con la imagen de sus ojos inocentes y su sonrisa virginal.

No recuerdo cuánto tiempo pasó ni qué se sentenció en medio de la cálida lluvia de hormonas, pero, como todos los milagros, este no fue la excepción a la regla, ella no fue para siempre, Sweet se retiró sin despedirse, desapareció como llegó. Pero ya no importaba, se había incrustado en mi corazón marchito y juraría que en el de todos los demás pues, a partir de ese momento, comprendimos su ausencia eterna. Lloré en mi interior, grité sin voz. Habría querido morir de excitación, habría querido llorar en sus pechos.

Ahora debo terminar un informe del juzgado mientras escucho en mi radio, una y otra vez, “ojalá por lo menos que me lleve la muerte, para no verte tanto, para no verte siempre en todos los segundos, en todas las visiones”. Me pregunto si la mujer del vestido amarillo realmente existió.

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