¿Y estos manes qué?

Posted on junio 19, 2012 por

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Por Mockinpott

Misantropía, era a lo que recurría cada vez que me indignaba por cuestiones que no soportaba y que atribuía a la humanidad, pero no era eso lo que en verdad estaba buscando como emblema. La misantropía es el desprecio por la humanidad y mi desprecio es específico hacia los hombres y lo masculino. Es tan patriarcal el mundo que habitamos que ni siquiera hay una palabra para eso que describo. El caso es que, en mi indignación, concluí que mi motivación misantrópica estaba dirigida solo a los aspectos masculinos de la humanidad, pero, más puntualmente, de la masculinidad moderna que ha constituido el espacio urbano en el que vivo, su estructura de ley y sus instituciones sociales y culturales. Esta vida en mi caso es Bogotana, pero se replica en muchos otros lugares modernamente organizados de Colombia y del mundo.

Mi desprecio es hacia esos hombres racionales, estoicos, emprendedores, ambiciosos, competitivos, invasivos, orgullosos y posesivos; próceres de la modernidad. Pero no sólo son los hombres privilegiados, también esos que desde las márgenes valoran estas cualidades y a pesar de no culminarlas en grandes empresas, avalan y admiran a aquellos que lo logran. Esos que sueñan no sólo con dominar a la mujer, sino también a los hombres diferentes, cualquiera que no sea de los suyos, dominar mercados, recursos y empresas tanto cómo se pueda. Esos hombres que no se detienen ante ninguna negativa, ni ante nadie. Esos que igualan su orgullo a su identidad. Esos que culpan a quienes afectan por no saber pelear y competir, o por “dejarse”. Esos grandes varones, machos, machos. Los mismos que acusan de “perras” a las mujeres que compiten con ellos como iguales, que se niegan a ser dominadas, sumisas o apropiadas. Pues cuando una mujer tiene esas características que tanto valoran en ellos, no las pueden ver sino como una amenaza, como una jauría de perras.

Tampoco desprecio únicamente a estos personajes sino al mundo y al estilo de vida que han constituido. Un mundo rígido que subyuga a las mujeres y a cualquiera que no comparta sus mezquinos valores de agresividad, competencia y propiedad. Ese mundo que no permite que las mujeres triunfen laboralmente sin abandonar cualquier expectativa de vida familiar o afectiva, sin esperar o demandar lo mismo de los varones. El que no remunera de igual los trabajos de ellas con sueldos inferiores. Que es incapaz de permitirle a ellas ocupar altos cargos por cualquier razón, una que puede usualmente simplificarse en que no es tan masculina (es decir, que no cumple con los requisitos del párrafo anterior). El que exige, explícita o tácitamente, que ella se dedique al hogar mientras exime o descalifica cualquier esfuerzo de él por involucrarse. El mismo que se apropia del cuerpo femenino para satisfacerse comprándolo, vendiéndolo, exhibiéndolo, explotándolo y violándolo (si se “rehusó” a las anteriores o si tan sólo “dió papaya”). El que castiga a los hombres que expresan cariño, amor o deseo por otro hombre, y castiga aún con más violencia a las mujeres que desean o aman a otras y no a ellos.

No soporto seguir viendo mujeres maravillosas que enfrentan la soledad al ver que los hombres se intimidan por su éxito profesional y su independencia. Otras que son abandonadas por querer tener una vida profesional. Aquellas que se encuentran en su edad madura, o antes, encerradas en una casa sin independencia ni posibilidad de encontrarla, por haberla sacrificado para darle a un marido la suya. Las que se ven señaladas por sus familias al declarar su amor por una compañera. Muchas sometidas a golpes a guardar silencio. Quienes temen a las calles de su ciudad, por no ser éstas seguras para ellas. Trabajadoras que no son tomadas en serio en su trabajo al menos que se ofrezcan sexualmente. Mujeres abusadas y violentadas en cuanta forma imaginable.

Ni aguanto ver a hombres compasivos, cariñosos y prudentes azotados en un competencia feroz, en un disciplinamiento violento de agresiones sucesivas, servicio militar, golpes, humillaciones e insultos. Hombres que se entregan a la depresión o se van al otro lado del mundo con el único deseo de poder dar y recibir amor a quien quieran sin ser agredidos por ello. Algunos de los que valen la pena, reciben los castigos de mujeres que desvían su odio contra los machotes hacia el primer varón que encuentran. ¿Quién las culpa de embarazarse para retenerlo como marrano y que pague sus caprichos y deseos? ¿Cómo reprenderlas por engendrar artilugios manipuladores para hacerse una vida “digna” con uno de ellos? Es eso, someterse o entrar en las porquerías que le ofrece el mercado laboral que ya describí. El problema es que suelen agredir a hombres comprensivos y valientes por vengarse de los verdaderos cabrones. Los machos de verdad no se dejan amarrar, les pagan para no encartarse, las muelen a palos, o se pierden.

En fin, los hombres como el protagonista de “Natalia” o, para entrar en tema “de moda”, el agresor de Rosa Elvira Cely, son los casos extremos de la horripilancia de la testosterona. Pero ninguna de las fantochadas aquí mencionadas es menos repulsiva y horrenda que estos casos extremos. Este no es un problema de mujeres. Es un problema de hombres que afecta a las mujeres. Este mundo le quedó grande a los hombres que resignados, como los describe Grinderman, ya no tienen a donde avanzar. Así que si esto va a mejorar será por hombres afeminados. No por lo “maricas” o “maniquebrados”, sino por aceptar las cualidades femeninas de la compasión, del cuidado, de una comunicación sincera y del amor sobre todas las cosas. Los que respetamos a la mujer como sujeto e igual. Aquellos ciegamente dispuestos a repararlas en lo posible y a construir un mundo nuevo en su compañía. Esos somos los que hemos de llevar a los hombres a mejores tiempos, si es que lo logramos. Hombres como estos:

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Posted in: Diatribas, Opinión