Empalamiento

Posted on junio 15, 2012 por

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Por Laura Victoria Pérez

Tendría unos trece años. Los días festivos se le iban siempre en los planes familiares. Siempre había sido así, al punto que no imaginaba poder hacer otra cosa distinta a andar en masa con sus tíos y primos, tomando furtivamente cada espacio al que iban llegando. Estaba acostumbrada a andar así, en manada, en donde ya la conocían y no tenía que alzar su voz ni imponerse para ser tenida en cuenta. Siempre tenía su comida, su turno en los juegos, sus caricias en la cabeza por parte de los mayores. Siempre podía jugar con los bebés y darse golpes con los menores. Siempre tenía un cupo en los carros familiares, incluso si aparentemente iban llenos, siempre había piernas amables que la cargaban. Todo siempre había sido así, y ella siempre había estado incrustada ahí. Era una niña más.

No terminaba de acostumbrarse a la menstruación. Llevaba tal vez un año teniendo la regla, y le molestaba infinitamente todo lo que le implicaba tener sangre entre sus piernas. Además de tener que recordar cambiar su toalla, de las manchas que le aparecían a cada rato en sus panties, de los cólicos y el dolor fuerte en sus pequeñas nacientes tetas, las mujeres alrededor parecían querer que ahora se estuviera sentada con piernas cruzadas, que fuera más delicada y femenina. Ella no tenía tiempo de preocuparse porque las molestas faldas escolares se mantuvieran en sus sitio mientras perseguía una pelota. Su mamá y tías todo el tiempo le lanzaban miradas asesinas que la dejaban confundida, sin saber por qué estaba mal seguir haciendo eso que desde siempre había hecho.

En aquel festivo, la manada había armado plan a una remota playa del Pacífico. En el avión hacia su destino, ella fue a orinar y encontró la sanguinolenta mancha mensual en sus calzoncitos. Acudió a su madre, preocupada por esos días de sangre que se interponían entre ella y el oleaje. Su madre le propuso la solución: al aterrizar, buscaría una farmacia y le comprarían sus primeros tampones. Unos pequeños, de los más pequeños que hubieran, ella le explicaría cómo usarlos. Así podría meterse al mar esa semana. La solución perfecta. Al aterrizar, eso hicieron.

Luego de un poco más de una hora en lancha, los treinta miembros de la horda llegaron a una playa que alojaba un grupo de cabañas sencillas organizadas alrededor de una construcción central, con terminados de cemento a la vista, en donde funcionaba la recepción y el restaurante. Alrededor, los niños corrieron, descalzándose, quitándose la ropa del avión y tomando impulso para salir disparados al agua del mar, que los esperaba encrespada a una media cuadra de distancia.

Ella esperó, con impaciencia, que los adultos organizaran el checkin. Arrastró su maleta junto con sus padres hasta su cabaña. Luego de que ellos se refrescaron, se encerró en el baño. Sacó de la carterita de mano que tenía la bolsita blanca de plástico en que venía la caja de tampones. La destapó, nerviosa. Tomó un tampón en sus manos y lo examinó cuidadosamente. Era una bala de algodón envuelta en plástico transparente. No tenía aplicador, mucho después supo que había otros que sí tenían. Buscó en la caja el folleto con instrucciones y se devoró todo lo que decía. “Acunclillarme, o sentarme, o apoyar mi pie sobre una silla… separar las piernas… con una mano, separar mi allá… tomar el tampón, y empujarlo hacia adentro, muy adentro, hasta que no se sienta nada…”.

Su mamá se había ofrecido a ayudarla a ponerse el tampón, pero ella rechazó de plano la idea. Le angustiaba la idea de unos ojos ajenos viendo cómo salía sangre de su interior, y tratando de tapar el flujo. Nada le parecía más suyo, más íntimo, más privado, que ese espacio entre sus piernas y todo lo relacionado con lo que aconteciera allí. No tenía intensiones de compartirlo con nadie.

Para ese entonces, llevaba ya varios meses jugando con su clítoris en la ducha diaria, y había aprendido a darse orgasmos. Su cuerpo no le era ajeno, pero nunca se había aventurado al interior de su vagina. Respiró profundo, y concluyó que los tampones eran parte de todo aquello que su mamá denominaba “volverse una señorita”. Ella misma le había comprado los tampones, y le había explicado lo que debía hacer. Si su madre se lo decía, no podía ser malo, ¿verdad?

Se sentó en la tasa del sanitario, con una mano tomó el tampón, con otra abrió lo que pudo de sus labios vaginales, y empezó a empujar esa compresa de algodón por las suaves y apretadas paredes, arriba, lo más arriba que pudiera, hasta que pensó que no se podía subir más. Al sacar sus dedos, una cuerdita azul clara quedó colgando entre sus piernas. Se puso de pie, anduvo alrededor en el baño, pegó un pequeño salto y todo parecía bien: no sentía nada. El tampón había quedado en su sitio. Luego de una ducha, saltó dentro de su traje de baño y casi se olvidó del asunto en el mar, excepto por que ocasionalmente notaba que la cuerdita azul se salía de su traje de baño, y trataba de acomodarla lo más disimulada y rápidamente posible.

El folleto de los tampones hablaba de máximo ocho horas de utilización, o de lo contrario le daría algo así como un síndrome de shock, con fiebre y dolores, que podría causar la muerte. Al final de la tarde, con todos los miembros de la manada cansados y hambrientos, emprendieron el regreso hacia las cabañas. Ya iban rondando las siete horas desde que se había puesto el tampón, pero esperó a que en su cabaña todos se hubieran ducharon y cambiado para entrar al baño. El buen humor de un día de juegos  y risas en la playa la acompañó mientras leía en el cuarto alguno de los libros de la biblioteca del colegio que había llevado para el viaje. Era una niña rara en su familia, leía como si de ello dependiera su vida.

Finalmente, le llegó su turno. Tranquila, entró al baño, puso seguro en la puerta, y se dirigió al sanitario. Se enrolló el vestido de baño húmedo hacia abajo, en sus piernas, se sentó. Buscó con la mano la cuerdita azul, la tomó entre sus dedos. Y jaló.

Fue como si le hubieran pegado con mil mazos en la cabeza, como si le clavaran un cuchillo en el vientre y lo movieran con rabia. Se sintió empalada, como unas ilustraciones que había visto cuando estaba más pequeña en un libro sobre el personaje histórico del Conde Drácula. Soltó de un brinco la cuerdita azul, y se dobló sobre sí misma sin comprender qué era lo que pasaba. A lo largo del día, con la sangre absorbida, el algodón se había hinchado en su lugar, empujando la carne a su alrededor. Para salir, iba a tener que abrirse paso empujando mucho más que en la subida. Cada milímetro que la compresa de algodón que tenía dentro de ella se había movido en el camino hacia afuera, le había dado la sensación de cortarla desde sus entrañas, de jalarle todo su interior con pinzas metálicas dolorosas y cortantes. Se llevó las manos a la cara, a la cabeza, con desespero, sin haber imaginado nunca que un cuerpo pudiera sufrir dolores y escalofríos así, tan intensamente. Después de unos instantes, se examinó y comprendió que la cuerdita azul seguía prácticamente igual de larga que cuando la tomó por primera vez para jalarla. El tampón seguía en su mismo lugar, muy muy adentro de ella.

Con pánico, trató de respirar y de pensar qué hacer. El tampón tenía que salir, o llegaría el síndrome de fiebres y cólicos que la mataría. Se imaginó llena de sangre acumulada en su vientre , sudando dolores, con el tampón hinchándose más y más dentro de ella agonizante, y se sintió con más coraje para intentar jalar por segunda vez. Tomó la cuerdita, la enredó entre sus dedos, y jaló. Se le llenaron los ojos de lágrimas, y soltó casi inmediatamente de nuevo. Sentía que estaba jalándose los intestinos con un anzuelo. Había avanzado un poco más la cuerdita, ya sentía que el tampón estaba en un punto de su interior que le molestaba al moverse. Sin embargo, la cuerdita estaba lejos de estar toda afuera. Aquello iba a tomar una terrible eternidad.

En ese momento, la voz de su padre sonó afuera. “¿Clara sigue en el baño? ¿Por qué se demora tanto?”

“Lleva cinco minutos adentro, acaba de entrar”.

“Pues necesito que salga ya. Tengo que cagar”.

Tocó en la puerta del baño. “¿Clara?”

Silencio.

“¿Clara?”

Ella levantó la cabeza de entre sus rodillas, se aclaró la garganta como pudo, y respondió con una voz muy queda. “¿Si?”.

“Tengo que cagar. Me cayó algo mal en el estómago, tal vez el agua del mar. Estoy que me cago, sal ya”.

Se demoró en procesar esas palabras. ¿Cómo podía levantarse y salir con ese dolor entre las piernas, con una bola de algodón que parecía de acero con puntas hirientes? “Ya voy”, respondió.

Medio minuto después, ella seguía con la cabeza entre las piernas y tocaron de nuevo la puerta. “Que tengo que cagar. Tengo que cagar ya. ¡Sal ya mismo del baño!”. El tono de su padre era ahora desafiante.

Preocupada, dijo de nuevo “ya voy”, y jaló lo más firmemente que pudo de la cuerdita. De nuevo, sintió que se partía por dentro en mil pedazos. Se derrumbó en sus piernas, apretando los dientes.

Los golpes aumentaron en la puerta. “¿Cómo que ya voy? ¡Que necesito cagar! ¡Vida hijueputa, estoy que me cago! ¡Clara, sal ya!”

La madre le pedía que hablara más bajo. Le pedía que no gritara. Vociferando más que antes, él continuó. “¡¿Cómo no voy a gritar, si necesito cagar?! Ah, a ver, dime tú, gran hijueputa!”

Volvió a tocar en la puerta. Clara jalaba en ese momento la cuerdita, de nuevo. Con los ojos llorosos miraba al techo y aguantaba la respiración mientras jalaba hacia abajo. “Por favor, sé razonable, hoy usó un tampón por primera vez”, explicó la madre. “Seguro está quitándoselo. Espera a que termine…”.

La interrumpió a los gritos. “¡Qué maricada andar con mujeres! ¡Qué maricada, todo el tiempo tienen que estar metiéndose y sacándose chimbadas!”

Clara trataba. Era al menos la sexta  vez que jalaba la cuerdita. Tenía que parar porque, por alguna razón, con los gritos afuera y los golpes en la puerta, los sollozos se le acumulaban en el pecho. Cuando éstos se juntaban con el dolor, volvía a recostar la cabeza sobre las piernas.

“Metiéndose y sacándose chimbadas de pelo, de la chimba, de TODAS PARTES. Uno tratando de cagar, y no puede. ¡NO PUEDEE!” Más golpes en la puerta. “¡Que salgas YA! ¡QUE NECESITO CAGAR, HIJUEPUTA! ¡SAL YA!”. Afuera, sólo sonaba la voz del padre. No se escuchaban más palabras de la madre.

Los golpes y gritos de la puerta pasaron a un segundo plano en la cabeza de Clara, que estaba mareada y un poco anestesiada por la intensidad del dolor que sentía. Se sentía agotada, cada músculo de su cuerpo tenso por la amenaza de sentir ese dolor surgiendo dentro de sí. Las lágrimas le rodaban por las mejillas, pero ya no las notaba. Sólo quería que todo eso terminara ya mismo. Estaba ya a medio camino, pensó, tal vez un poco más allá.

Respiró una vez más, mientras los gritos y los golpes seguían afuera. Jaló, y sentía cómo se sumergía en la tierra, cómo se golpeaba contra el mundo con cada movimiento del tampón. Respiró una vez más, jaló de nuevo, más movimientos telúricos y lágrimas y dolor. Otro jalón, una vez más, apretando los dientes, tensionándose, revolcándose sentada en la tasa del sanitario. Eventualmente, cuando pensó que aquello nunca iba a acabar, sintió que algo salía de ella. Levantó su mano: la cuerdita, ahora pintada de rojo, sostenía una masa de algodón teñida de sangre. Tenía al menos tres veces el tamaño que ella recordaba.

Lagrimeando, y con la banda sonora de su padre en la puerta, estiró su otra mano para cortar algo de papel higiénico y envolver su menstruación, su femineidad, su “volverse señorita” allí.  Arrojó aquello a la caneca. Se limpió como pudo, se puso mucho papel higiénico entre las piernas y el vestido de baño, se envolvió una toalla limpia en la cintura, y abrió la puerta. Allí estaba su padre, que se quedó mudo al verla salir con la cara extenuada y llena de lágrimas.

Ella se dejó caer en una cama, y lloró con amargura. Su madre se acercó y le tocaba la cabeza. Lloró hasta que su padre salió de nuevo, dejando el cuarto oliendo a mierda. Él salió de la habitación. Ella abrió las ventanas, y todavía llorando, se encerró en el baño pasado a mierda, a tomar una ducha.

 Fotografía: (cc)Julie-de-Waroquier

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