¡A coger oficio!

Posted on mayo 27, 2012 por

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Por Beatriz Botero, “Oruga”

Es el oficio el que soporta el arte. De eso quiero hablarles.

En Stumble-Upon (paraíso de la procrastinación) me encontré un artículo de Paul Graham. Léanlo, no está mal. Termina con un mensaje claro: haz cosas.

Bien, yo quiero llevar el “Haz cosas” al “coge oficio”. Pero tranquilos. No me he vuelto mamá.

Por algún motivo que desconozco, en los últimos días me he topado en diversas conversaciones sobre “el oficio”. Entendido, creo, como ese saber hacer algo concreto, nada especial, nada del otro mundo. Sin embargo, demanda práctica, trabajo y habilidad. Además, tiene una enorme ventaja: da algo para hacer.

Me refiero al caso del zapatero, o del pintor de retratos o bodegones, o del compositor que hace una misa a la semana. Y, por qué no, al abogado diestro en hacer liquidaciones conyugales, en redactar contratos cotidianos o sentencias de tutela. También al financiero que entrega mensualmente un informe. Todas son actividades frías. Sin brillo. Nadie será recordado por hacer sólo eso. Quizás por esto los jóvenes hoy las despreciamos. Qué desastre nosotros.

Lo curioso del oficio, como surgió en una de las charlas que les comento, es que es algo que le hacía falta a un amigo artista. Me lo decía porque uno no pinta el Guernika, ni La Noche Estrellada, ni compone la Novena Sinfonía un día que se despierta inundado en inspiración. Tampoco redacta la T-760 (tan nombrada en estos días) ni diseña unos zapatos Nike.

Por el contrario, uno se despierta todos los días y hace retratos (muchos), compone fugas y corales (hasta el cansancio), hace zapatos como para calzar a un cien pies y se vuelve un maestro en ello. Luego viene (ojalá) la obra maestra.

Hay estudios que señalan que para ser un maestro en algo, se requieren 10.000 horas de práctica y que, normalmente, los que triunfan en lo que hacen, en lo que les gusta, son gente que tenía 10.000 horas de práctica detrás. Un buen libro sobre esto es Outliers, de Michael Gladwell.

Mi amigo se quejaba de que ser un artista sin ser un buen artesano, un alguien que conoce el oficio, es difícil y, paradójicamente, agotador.

Agotador, porque es terrible querer iluminar al mundo sin saber cómo. Difícil porque, bueno, hay que saber poner el alumbrado para alumbrar. Es también desmoralizante y confuso. De ahí a ser un mediocre (en secreto y con pesar) hay solo un paso.

Pero esto no es lo grave, no. Lo grave es no tener qué hacer. “Coger oficio”, como dicen las mamás, no es un castigo, es una bendición. Es no tener que pasar horas y horas agónicas en Facebook entre semana, o emborrachándose desde el jueves porque no sabemos qué hacer en el mundo. Esa sensación a todos nos coge a ratos. La clave es no caer ahí. El antídoto es hacer zapatos, hacer aretes, hacer blogs, hacer algo. Así suene tonto, es mucho.

Hasta ahí lo introvertido del “oficio”. Ahora, el segundo encuentro que tuve con él recientemente, en palabras de una persona que admiro mucho: el oficio, me dijo él, es en realidad lo difícil y, claro, el quiebre del oficio a la obra maestra es un salto gigante.

A ver si me explico: es muy fácil pintar como un niño chiquito. Es muy difícil hacer retratos como un buen artista (que son muchos) que pinte en las calles de una gran ciudad. París, por ejemplo. La probabilidad de ser Picasso es mínima. De pintar retratos buenos, lo suficientemente buenos, que den la mirada, el aire de la personalidad, la perspectiva, que pongan la oreja donde es y la deformidad natural del ojo del retratado tal cual; a pintar un Picasso, hay un paso gigante.

Pintar de una como Picasso, por algún motivo, no tiene tanta gracia. Le falta el oficio detrás (Picasso, se los juro, era un gran retratista también). Lograr el buen retrato requiere trabajo, dedicación. Fingir poder hacer un Picasso, de pronto engaña de primeras, pero no va a venderse tan caro.

Es también como escribir con solo comas, estilo Saramago. Si yo me pongo acá y les escribo una entrada sin un solo punto mi editor casi seguro me lo devuelve y me dice: “Ve, Bea, la idea es buena, pero no te queda del todo. Practica primero con puntos”. Y tiene razón, yo estoy segura de que Saramago aprendió a puntuar perfecto antes de arrancar con el despunteo. Por eso le quedó tan bien.

Lo curioso es que, si uno quiere ser bueno en el oficio, le toca dejar la creatividad en remojo. Me explico: la creatividad es excelente para cubrir dificultades. Si uno se las da de creativo sale con algo así como: “claro, el ojo es medio raro porque es mi estilo”, en vez de borrar y borrar hasta que salga. O con un “me inventé esa palabra porque es mi sello personal”. Hay que practicar hasta dominar el idioma para encontrar una entre el montón que existen que refleje lo que uno siente y piensa.

Ser oficioso es, también, ser humilde y saber que hay gente que ya supo y ya pensó cómo hacer lo que uno quiere hacer. Es dedicarle el tiempo a aprender de ellos lo que ellos ya descubrieron. Es posponer el sello personal. Es descubrir y aceptar que ese sello personal no es tan bueno, sin que éste sea un motivo para abandonar nuestro oficio.

La creatividad se alimenta del oficio y, con seguridad, a punta de pintar retratos un día sale la Monalisa. A punta de escribir artículos para El Espectador, un día salió “Crónica de una muerte anunciada”. A punta de practicar, un día se es un maestro y nuestro “sello personal” es valioso de verdad. Pero llegar ahí es difícil. Es más difícil que coger una hoja en blanco, llenarla de palabras inconexas y lanzarla al mundo: vean mi arte, si no lo entienden es que no entienden nada. Seguro, como en El traje del emperador, es que no hay nada que entender.

Se corre el riesgo de no hacer nunca una obra de arte, pero con el paliativo – nada malo, a mi modo de ver – de haber hecho muchas cosas chiquitas. “De haber hecho”. No me parece que esté mal. Se corre la certeza de que, si algún día sale algo, será algo bueno, algo perdurable. La otra opción es que no recuerden y que quede en que no hizo nada. O peor, no haber hecho nunca porque “no me llegó la inspiración”.

Decía Picasso: “la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”. Los dejo, tengo que trabajar.

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