Calor humano

Posted on mayo 25, 2012 por

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Por Mockinpott

Me desperté, como suele suceder, en el momento justo. Hacía frío y, en las reminiscencias de mi sueño, busqué entre los extraños el calor que me faltaba. No tardé en recobrar mis sentidos del todo. A mi lado vi a la gente alinearse en el pasillo del bus intermunicipal para abandonarlo. Ésta era la última parada. La construcción de concreto, metal y vidrio que constituye el Portal Norte de Transmilenio no ofrecía ninguna protección ante el frío Bogotano de aquella noche que empezaba a posarse con paciencia sobre la ciudad. Eran poco más de las seis de la tarde y aún me faltaba un trayecto por recorrer para llegar a mi destino. Pasé los torniquetes y busqué la ruta que debía tomar con resignación a ser apretado entre la multitud que ocupa ese sistema de transporte en plena hora pico. Llegó el bus articulado que me disponía a ocupar y abrió sus puertas. Entré con la esperanza de huir del frío pero no resultó muy efectivo. Enseguida me senté distraidamente en el asiento más cercano, considerándome afortunado simplemente por tener un puesto, pero esta elección inconsciente tendría consecuencias que no pude haber previsto.

No tardé en notar que el hombre que estaba sentado al lado mío, en la silla de la ventana, era  bien gordito. “Menos mal fui yo el que ocupó este asiento (con mi contextura delgada, a veces en extremo según dicen quienes me son cercanos), otro no cabría si quiera”, me dije. Pero momentos después noté que mi comodidad en ese puesto no se debía solo a nuestra contextura que se complementaba perfectamente en esos asientos contiguos, había algo en él por lo que me sentía atraído. Si, me parecía atractivo. Traté de ver su rostro sin que él lo notara pero fue muy difícil. Poco después de que nos pusimos en marcha, él se dio la bendición y me inhibí aún más en encontrar su rostro. Lo había hecho al pasar frente a una iglesia que vio desde su ventana, cómo buen creyente que de seguro era. No era un gesto por el que pudiera pensar que estaba interesado en los hombres, más bien lo contrario, los devotos no suelen aceptar la homosexualidad. En seguida pensé en homosexuales cercanos que no dejaban su fe y una esperanza remota se asentó en mí. En todo caso, no sería la primera vez que me sintiera atraído por alguien que no pudiera corresponderme por tal razón, de hecho se había vuelto un hábito para mí y sabía que eran situaciones que no suelen terminar bien -si es que llegan a “empezar”.

Al no encontrar su rostro me tuve que resignar a llevar mi mirada de abajo hacia arriba. Mi acompañante usaba zapatos deportivos negros, un pantalón de dril del mismo color y un saco de sudadera gris sobre una camisa blanca con el último botón desabrochado. El morral negro que llevaba sobre las piernas completaba el cuadro de un joven que sale de su jornada laboral usando ropa cómoda sobre la “elegancia” exigida en su oficina. El contacto con su cuerpo me transmitió una calidez que lentamente me resguardó del frío del que venía huyendo y me sonrojaba la idea de envolverlo en un abrazo que concluyera mi fuga. Obviamente esto no sucedió, no sólo porque no tuve la menor iniciativa, él empezó a moverse en su silla como si no estuviera del todo cómodo. Una vez superé la momentánea paranoia de que ésto se debiera a mi interés -temiendo haberlo evidenciado-, traté de saber lo que fuera que lo estuviera perturbando. Finalmente, comprendí que estaba buscando una posición en la que pudiera conciliar el sueño, lo comprendí tristemente al ver que la única oportunidad que tuve de ver su rostro fue velada por su mano que intentaba protegerlo de la luz.

No tardó en crecer la cantidad de ocupantes del articulado hasta que el frío no fue más un problema. Aunque nuestro bus partió del portal apenas con los asientos ocupados, un par de paradas después vi llenar sus pasillos de pasajeros atiborrados. Fue así que una mujer terminó de pie junto a mí sujetándose del espaldar de mi silla. Era de mediana estatura, cabello crespo largo y ligeramente desordenado, con anteojos y una pinta que daba el mismo aire de oficinista de quien estaba a mi lado. Era mi tipo de mujer, aunque no sobresalía entre el resto de pasajeros por su belleza. En este punto deben pensar, queridos lectores, que tengo mal gusto pero no es verdad, la realidad es que veo algunas cosas que se esconden a los ojos desprevenidos. Él, por ejemplo, no es de esos panzones desproporcionados que abundan, esos que me recuerdan el inmenso error de Freud y sus discípulos psicoanalistas al plantear que las mujeres envidian el falo del hombre. Son ellos las víctimas de la envidia al codiciar el prominente vientre femenino dador de vida, y los susodichos deformes son la versión más explícita de esta envidia. Me refiero a hombres barrigones a punta de cerveza y excesos tanto alimenticios como sedentarios, que sudan como cerdos sin importar el asco que producen, que reafirman su virilidad de manera brusca, bullosa y arrolladora en cada momento.

Este hombre sentado a mi lado no era uno de ellos.  Su piel era tersa y su figura suave y tierna como la de un bebé redondito y cachetón. Sus gestos discretos aunque decididos sugerían su capacidad de dar abrazos acogedores y caricias reconfortantes. En cuanto a ella, lo que me interesó fue la naturalidad de su andar, de su figura, de su mirada audaz, de su rostro serio y despejado de cosméticos. A pesar de vestir parcialmente elegante para trabajar, no parecía de esas que busca agradar por su apariencia, su cabello apenas organizado y sacudido sin pudor por los ajetreos diarios mostraban su entereza y coraje. El cabello de ambos era la continuidad de un gusto personal. Los risos son mi debilidad, su abundancia, su rebeldía, sus ondas voluptuosas y pícaras invocan en mí suspiros silenciosos y profundos.

Cuando ella se situó a mi derecha su celular timbró. Miró la pantalla y su rostro se sobresaltó breve pero profundamente. Retiró el teléfono de su vista por un segundo y marcó un número.

-Hola. Mal. Me mandó un mensaje. Dice que quiere hablar una cosita conmigo. Tengo miedo-. Se dio una pausa en la que sus ojos se pusieron vidriosos y yo dejé de respirar hasta que ella retomó la conversación -Lo peor es que yo estaba bien. Pues… desde que nos peleamos yo estaba bien, feliz, pensando en mi hijo.

Una segunda pausa. No debió ser muy larga pero el torrente de ideas que pasó por mi mente no me permite recordar cuanto duró. Imaginé las posibles causas de su angustia. Había una separación que para ella parecía definitiva y este intento por regresar al parecer revivió temores que creyó pasados. ¿Que temores serían esos? ¿Hace cuanto habían sido enterrados? ¿Quien sería este personaje que insistía en aparecer en su vida? Además había un detalle más estimulante para mis dudas: un hijo. ¿Sería el padre quien anhelaba contactarla? ¿Se habría distanciado, no sin antes insistir en un aborto, ante un embarazo sorpresivo? Más que la presencia de un hijo era la frase “pensando en mi hijo” la que inflamó mi imaginación, me daba a entender su ausencia y una próxima llegada. Eso fue lo que me hizo pensar en un embarazo, aunque podría ser algo más. Traté de ver si su figura la delataba, pero no fue así. Podría tener pocos meses, pero nada era definitivo.

-Pues le contesté el mensaje preguntando por qué quería hablar conmigo- continuó, -pero no se qué hacer. -Las palabras empezaban a salir con dificultad y un movimiento de sus ojos evidenció lo difícil que le resultaba controlar la angustia. Aprovechó la intervención de quien estaba al otro lado de la linea para tomar aire y renovar sus esfuerzos por no dejar escapar otra lágrima. La primera rodó por su mejilla tan pronto dejó de hablar, en seguida apretó los labios censurándose por haber llegado a ese punto. Mientras inhalaba profundamente, intentaba digerir las palabras tranquilizadoras que le llegaban a través del mismo aparato que minutos antes le arrebató la calma.

Noté entonces un calor en mis mejillas, como el que dejan algunas copas de vino, una vergüenza, o un repentino enfurecimiento, pero no era ninguno de estos el que lo ocasionaba. Estaba sudando, de calor, con la boca seca, bien abrigado, buso, bufanda, chaqueta larga. Esa sensación sofocante nubló mi pensar. En un instante pensé en quitarme alguna de mis prendas, tal vez la bufanda, pero no lo creí conveniente. Estaba próximo a mi parada, aunque no tanto, igual sería aparatoso salir con ropa en mano entre el tumulto, aunque sólo fuera una bufanda. Decidí esperar, no quise hacer nada que interrumpiera la conversación ni la travesía emocional de mi vecina.

-Pues sí- susurró un poco más calmada. Se secó la única lágrima y siguió escuchando mientras su rostro recuperaba cuanto podía de la seguridad con la que se había subido al bus. Puso el teléfono frente a sus ojos para ver la pantalla y lo llevó de vuelta. -me llegó un mensaje, creo que contestó. Lo miro y te cuento-. Apoyó el brazo sobre su cuerpo dejando el teléfono a la altura de su abdomen y del mío. Intenté ver la pantalla del aparato y lo que decía el mensaje sin éxito, pues al verlo ella tuvo una reacción inmediata que no me dio tiempo de enfocar. Manoteó con fuerza, marcó tan rápido como pudo y puso el celular en su oído.

En ese momento una voz robótica que salía de los parlantes del vehículo anunció que mi parada era la siguiente. Mi sobresalto aumentó la temperatura de mis mejillas, o al menos mi percepción ante el calor que sentía. Miré por la ventana para comprobar mi ubicación y me di cuenta que tenía el tiempo preciso para llegar a la puerta que estaba en frente. Me levanté de mi asiento, evitando por un momento la mirada de ella, que se apartó brevemente para dejarme pasar. La escuché saludar mientras yo me hacía espacio entre la gente.

Entonces recordé. Desde donde esperaba a que se abrieran las puertas miré al hombre que estaba sentado a mi lado, desde ahí por fin alcancé a ver su rostro. Tenía ojos pequeños al igual que su boca de labios delicados y su nariz redonda, que apenas sobresalía. Era tan tierna como pensé, cada curva de esa cara enmarcaba una dulzura confortante. Pero también vi una rudeza que me alcanzó con un mensaje claro destinado a todos los transeúntes anónimos que fijaran su mirada en él, un mensaje que deseaba ignorar con cada gramo de ilusión. Era un mensaje seco, tácito y un poco sombrío. Con la frialdad de una corbata pedía una distancia decente, un respeto distante, una evasiva prudente.

Vi en la silla que yo había ocupado a la mujer que había estado de pié a mi lado, con el teléfono aún al oído. Ya no podía escuchar lo que decía y leí en ella lo mismo que en él. Cada uno de mis alientos que buscaban un poquito de calidez en desconocidos, una puerta al amor en la calle, sellaron sus conductos ante este aviso. Las puertas se abrieron y salí del bus. Volví al frío.

Fotografía: (cc)wgossett

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