La carta que nunca te escribí

Posted on abril 26, 2012 por

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Por Gabriela Eslava

Apareces, de repente, en la vinagreta de la ensalada de mi mamá, no me preguntes cómo. Apareces en el olor a jazmín que extrañamente percibo en mi universidad. Apareces en las hojas que danzan, con sutileza, desde los árboles al ritmo del viento. Apareces en el libro de Sebastián; en la chispa de Santiago; en los tangos de Juanita. Apareces un domingo mientras estudio contratos en mi escritorio, en la misma posición en la que estaba ese domingo de marzo. Y entonces unos ojos llorosos, que detesto, se apropian de mi alma. Y sólo pienso en la carta que no te escribí.

Tú ya no mandabas cartas. Enviabas correos electrónicos que alguien copiaba por ti. “Queridìsima, tú que conoces el valor de las palabras…” me decías en la última. Queridísimo tú, que creías en mí. Me pregunto si sentiste lo mismo que yo esa mañana de octubre cuando, en el fondo, me despedía de ti. Lo supe mientras caminaba junto a la tapia amarilla donde se posaban esos pajaros azules a los que siempre quisiste. De pronto sabías que a ese par de despistados que volvían a la capital los iba a dejar el avión. Tal vez todo era un plan para que volvieran, para que la despedida nunca la decidiésemos nosotros, sino que la vida misma nos dijera cuándo decir adiós.

Siempre te respeté. No era capaz de romper un silencio solemne, pero tú me entendiste. Sabías que a veces nos cuesta el contacto humano, por eso esperabas curioso mis preguntas, para que hablasemos de miedo, de errores, de aciertos, de historia, de mi mamá y tu niñez. De Serrat y Sosa y perros, como Tony, que ladraban en colores.

Y entonces te descubro, con errores y aciertos, en una anécdota cualquiera, en la letra de una canción, en la línea temblorosa que atraviesa una hoja amarillenta de un libro que me regalaste. Te encuentro en el siempre amable “vos sabés” de alguien de tu tierra; en un jugo de lulo que sabe a Valle; en el manjar blanco; en caminar a las 5 de la tarde por el obelisco.

Estás en el destino; en el sentido; en tener 20 años y afrontar la vida con lo que creíamos que era ser valiente. En la entereza. En los errores. En tener 8 años y cruzar la avenida para ir por helados y saborear, sin saberlo, “el olvidado asombro de estar vivos” del que hablaba Octavio Paz.

Y están tus errores, y uno que otro reproche. Pero igual, estás. Le temo al olvido, que te haga desaparecer. Al silencio que acalle las canciones. Por ahora, sigo con contratos. Por ahora, sigues en mí. Pasarán los días y, de pronto, la imagen se irá difuminando con el tiempo. No hay novedades, pronto saldrá el cuento del que te hablé, que seguramente habrías entendido. Últimamente ando en bicicleta por esta ciudad caótica, tal vez tratando de encontrarle el sentido del que una vez hablamos.

Y aquí estoy, escribiendo esta carta que nunca te envié, pero que ya estaba en tu corazón. Hoy, sin mayores pretensiones ni saber muy bien por qué, ha pedido ser escrita. Para vos, querido viejo. Hasta siempre.

Fotografía: (cc)zen

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