Los héroes incomodan

Posted on abril 22, 2012 por

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Por Mariángela Urbina Castilla

El servicio a la patria colombiana y la defensa de su democracia vale 700 mil pesos. Esa es la pensión recibida por los soldados que pierden alguno de sus miembros en la guerra. El miércoles pasado, cansados y desmotivados de la nación que aman, lanzaron sus prótesis frente a la Casa de Nariño. No para buscar mejoras en su pensión, sino, según ellos, en busca del subsidio familiar del que eran dueños y que, por restricciones presupuestales del Gobierno, ya no van a tener.

Sus amigos, otros militares, los rodearon con tanquetas y como mecanismo de persuasión, usaron gases lacrimógenos que pretendían convencerlos de abandonar el sitio. La puerta principal del Palacio fue cerrada, lo que casi nunca ocurre.

Las fotografías muestran la esencia de un Estado débil, incoherente, seudo fallido: hombres que aman la patria enfrentados entre sí. Pero, ya no, guerrilleros versus paramilitares, o guerrilleros versus fuerzas armadas legítimas. No. Ahora, con la protesta, los verdugos de los soldados sin piernas, sin brazos, o con algún tipo de discapacidad, son quienes fueron sus compañeros de lucha. Ellos mismos. La mano derecha del Estado, el ejército, cerrando la puerta de su epicentro a aquellos que, en su afán por defender la patria, quedaron inhabilitados para seguirla defendiendo.

Nada más tenebroso para un Gobierno que la revuelta de sus fuerzas armadas. Ojalá, en pro del estatu quo, los soldados incapacitados no logren sensibilizar a sus compañeros que aún están en pie de fuerza. Ojalá los soldados activos no tomen conciencia de que ellos pueden correr la misma suerte. Ojalá no se sientan identificados con su tragedia. Ojalá descubran que, en pro de la prosperidad, del TLC y del éxito de la próxima Cumbre de las Américas, lo mejor es que la situación se calme y, como todo, pase al estoicismo del olvido.

Que el Estado no olvide que mientras alias Karina se fue de tour por Europa, y los paramilitares fueron bienvenidos con platillos en el seno de nuestra sociedad, los soldados -los del monte, los que dejan a sus familias, los que no ven crecer a sus hijos, los que se quitan el pañal para ponerse el camuflado, los que sí tienen fe en la causa- no tienen ningún tipo de garantías.

Que no vaya a ser que ese olvido lo haga convertirse en tirano. Que no vaya ser que, luego, a sus soldados, también los llame terroristas.

Fotografía: (cc)Leonardo Forero

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