Cronopios

Posted on abril 8, 2012 por

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Por Gabriela Eslava

Iba caminando, por esta ciudad contaminada, con los zapatos mojados y la cara emparamada. Había dejado mi sombrilla, como de costumbre. Trataba de no desconcentrarme con el estruendo de los pitos emitido por el mínimo escarabajo. Esquivaba charcos profundos, baldosas movedizas y niños que juegan a hacer equilibrio en bolardos inútiles con los que alguna alcaldía decidió decorar la ciudad.

Recordé una idea. La escuché en una clase por esta misma época del año. El profesor hablaba de cualquier cosa, que evidentemente no recuerdo, y, de repente, como en un lapsus mental, nos dijo: “es necesario vivir en poesía, al borde del metal”. Luego, continuó con su clase. Muy monótona para mi gusto. Pero esa frase… esa frase ha rondado mi cabeza obstinadamente. Irremediablemente.

Repito: “vivir en poesía al borde del metal”. No entiendo bien cómo se logra eso en una ciudad como la mía. Entre el clima bipolar, el trancón, y el optimismo exacerbado que uno que otro ingenuo saca de los noticieros, no entendía, hasta hace unos días, cómo vivir en poesía puede ser posible, cómo no caer en un viscoso y repugnante cliché.

Encontré, sin estarlo buscando, un amarillento y viejo libro de Cortázar en la casa de mi abuela. Historias de cronopios y de famas. Escrito a comienzos de los años sesenta, época en la que, según ella, la gente todavía creía en algo. Quien ha leído a Cortázar sabe que sus frases son como un ancla que puede dejarnos atados a un sentimiento. Sus palabras, sencillas pero contundentes, tienen el poder de calar hasta amarrarse a nosotros para no soltarnos nunca.

Los cronopios, seres imaginarios, son la materialización de un carácter silvestre y libre que muchas veces nos rehusamos a tener. Releo con cuidado tratando de encontrar una respuesta. Era 1952 y un Cortázar, de 38 años, sin Rayuela, presenciaba un homenaje a Igor Stravinski en el Teatro de Champs Élysées en Paris. Estaba conmovido viendo por primera vez a Stravinski, director de la orquesta. En el entreacto, cuando todos salieron a tomar café, Cortázar se quedó solo en una de las localidades baratas del teatro. De repente, vio una serie de globos de luz de color verde que nacían como Cronopios. Así se llamaban. Así se presentaron ante él sin muchas explicaciones.

Empezó a escribir sin saber cómo eran. Relativamente humanos, con sus conductas especiales: como el poeta o el asocial, como el que vive un poco al margen de las cosas. En un tiempo propio. Vino así, el cronopio, sin buscarlo. Frente a ellos se plantan los formales, gerentes de bancos, que defienden un orden. Los cronopios entienden la vida de forma lateral y su alma color verde es feliz con lo simple. No usan reloj, porque él, Cortázar, les enseñó que “cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido”.

Los cronopios saben cómo llorar, pues él les dio instrucciones precisas y, en caso de que olviden cómo subir escaleras o cómo amar, recurrirán a las instrucciones que cuidadosamente escribió para ellos.

Los cronopios, “esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: no vayas a lastimarte, y también: cuidado con los escalones”.

Ellos, despreocupados, fuertes en su fragilidad, expertos en la ingenuidad, se “descuelgan como un ángel”. Eso les enseñó Cortázar.

Viven silvestres. Por eso, “cuando los cronopios cantan sus canciones preferidas, se entusiasman de tal manera que con frecuencia se dejan atropellar por camiones y ciclistas. Se caen por la ventana, y pierden lo que llevaban en los bolsillos y hasta la cuenta de los días”.

Intensos y enormísimos cronopios, al borde del metal, de la cuadrícula a la que nos acostumbramos. Ellos sí no se resignan con la realidad “que nos tocó”. Se dejan atropellar por el llanto, por la alegría. Creen conocer la felicidad y, sólo por creerlo, realmente la conocen.  Se dejan atropellar por la vida mientras la atropellan con poesía. Lo hacen porque entienden que no hay forma correcta de vivir, porque crean todos los días, a partir de nada, con su existencia.

Un cronopio sabe vivir en poesía, al borde del metal.

Fotografía: Sara Facio – Dominio Público

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Posted in: Opinión, Reflexiones