La atea durmiente

Posted on abril 6, 2012 por

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Por Alana R.U.

Colombia es atea, pero aún no lo sabe.

Creer es fácil. Consiste en casarse con ciertas respuestas preconcebidas para cada momento crítico de la vida. Es decir que Dios proveerá y que Dios sabe lo que hace. Es quitarnos el miedo a morir: en Él, hay vida después de la muerte. Creer no es pensar, porque la convicción está diseñada para solucionar la duda. Cualquier pregunta que haga temblar la fe, se descarta. Hay que creer. ¿Por qué? Porque Dios lo dice. Y punto.

Por eso Colombia es atea. Porque, en el fondo, todos sabemos que es una mentira piadosa. Nos parece bello estar dormidos. Es la elección (casi consciente) de no pensar sobre cosas extremadamente complicadas. La religión ya no explica el mundo, no es necesario. Los creyentes no acuden a ella para entender por qué el sol sale y se oculta. Creer nos acompaña en nuestras confrontaciones con el azar: aparece ante una enfermedad peligrosa e impredecible, ante una situación incontrolable, ante la soledad y la maldad omnipresente. Aparece, sobretodo, ante la muerte y su contundencia. Nos cuesta aceptar que, como dice Kubrick, lo más terrorífico del universo no es que sea hostil, si no que es indiferente.

Sentir que hay un plan supervisado por un ser superior nos tranquiliza. Aliviana nuestra sensación de fragilidad e intrascendencia. Sirve para controlar el miedo inherente a existir en un mundo que no tiene propósito. Nos aleja de los animales (¿por qué nosotros sí trascendemos y ellos no?) y nos legítima como especie.

Todo es falso. Un fraude que nuestra inmadurez nos ha llevado a glorificar. Cierren los ojos y piensen, por un instante, en la nada. Piensen en el momento en que su conciencia muere y…nada, una totalidad de nada. Es angustiante e inconcebible. Lo mismo sucede con todo lo que no podemos controlar. Es mejor pensar que en la oscuridad de la muerte una luz nos guiará a otro mundo. Incluso el infierno parece preferible a una eternidad de nada. Pero el infierno es una invención, al igual que el cielo. Un cuento de hadas que nos consuela y, al mismo tiempo, nos engaña y nos impide crecer.

Tardé cuatro años (quizá más) en darme la oportunidad de pensar acerca de mi creencia. Cuando mi fe dejó de ser  intocable, colapsó. Fue un proceso doloroso, pero necesario. Al final, en la emancipación encontré una humanidad más fuerte que la construida por la religión; una conciencia más profunda de la majestuosidad del universo y de la inconmensurable grandeza de existir (así sea por un ratico). Cuando descubramos que, sin importar quiénes somos, todos estamos proscritos a la nada, buscaremos un mundo más bondadoso. Seremos una humanidad más consciente de su bella insignificancia. También lo dijo Kubrick: en la indiferente oscuridad, nada nos impide proveer nuestra propia luz.

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