En el nombre del Padre

Posted on abril 4, 2012 por

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Por Camila Abisambra

“Sólo sé una cosa: cuando termine la seducción habremos terminado también nosotros, porque la lógica y la razón significan el final. Pero mientras una pobre mujer necesite arrodillarse en busca de esperanza o consuelo, mi pequeña iglesia debe mantenerse en pie”

La piel del tambor por Arturo Pérez-Reverte

La lógica y la razón no existen en las misas. No soy atea en término estricto.  Ni siquiera sabría cómo definirme. Lo que pasa es que normalmente odio ir a misa. Es una cuestión personal. No entiendo qué tengo que sacar de allí. No me da tranquilidad. Es más, me deja con más conflictos internos de los que tenía antes de entrar. Sin embargo, a veces voy. En especial lo hago en compañía de mi abuela. La razón es simple: me agrada ver a la gente; detenerme en ella; analizarla.

Me gustan las viejitas y viejitos que van a descargar el peso de toda una vida en un lugar más viejo que ellos. Me gusta su tranquilidad y, en ocasiones, su intranquilidad. Creo que ellos van a misa porque ven que tienen más ayeres que mañanas, y la idea de una vida después de la muerte los calma. Por eso van todos los días: a comulgar; absolverse de sus pecados y estar cerca de Dios.

Ver a los viejitos es ver otra religión católica, una que a mí nunca me enseñaron. Tal vez, si me hubiesen enseñado aquella, sería una creyente ferviente, pero eso es cosa del azar. El catolicismo no es lo mismo. Nunca me trae consuelo ir a un sitio atiborrado de gente a escuchar una homilía que, en lugar de acercarme a Dios, me hace sentir más lejana. Con sacerdotes que se creen políticos es difícil sentir la presencia divina.

Semana santa es la oportunidad para plantearnos nuestros problemas de fe. Asumo, sin mucho miedo, que la gran mayoría ha recibido el dogma de Cristo (y sus variantes). El catolicismo tiene varios problemas estructurales.

Primero, no han logrado acercarse a la juventud con el cambio de siglo. No entiendo el mensaje que me quieren dar y sus intentos por modernizarse han fracasado. El canal religioso no me es atractivo y la figura del padre como mi amigo aún menos. Muchas cosas de las que ellos consideran pecado, no puedo reconciliarlas objetivamente con mi moral. ¿Cómo voy a confesarme por tomar la pastilla anticonceptiva? Es absurdo.

Hoy, por la distracción que produce la posición de la iglesia sobre los anticonceptivos y el aborto, olvidamos que detrás hay un mensaje: un hombre murió por nosotros para que nos quisiésemos y nos tratásemos como iguales. Incluso los curas olvidan ese aspecto central de catolicismo: “amarás al prójimo como a ti mismo, y a Dios sobre todas las cosas”.

No sé cuándo se perdió el principio de tolerar y querer al prójimo sin condiciones. No sé cuándo los católicos fervientes dejaron de creer en él. El catolicismo no se trata sobre lo que pienso del aborto, la pastilla o los homosexuales. Eso quisiesen hacernos creer personas como el Procurador. Lo primero que nos dice la biblia –o casi lo primero- es que tenemos un deber de tolerar a los demás. Supongo que este es el principio que no me deja renunciar a la religión católica. Es una idea muy sencilla y, si todos los que promulgan ser católicos la aplicasen, el mundo sería diferente.

Por eso me agradan los viejitos en misa, porque verlos allí es entender este principio. Estos hombres y mujeres están más allá del bien y del mal. Pueden ver su vida objetivamente. Pueden mirar la muerte a los ojos y rendirle cuentas. Esa es la religión en la que quiero creer: una que perdona fácil, comprende todo y da consuelo real a las personas. Esa es la esencia del catolicismo.

Fotografía: (cc)Rodrigo_Soldon

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Posted in: Opinión, Religión