El colegio de Luis Colmenares

Posted on abril 2, 2012 por

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Por Andrés Páramo

Estudié en el mismo colegio que el ‘Negro’ Colmenares. Fuimos delineados con la misma tinta. Él y yo, digo. Con la tinta indeleble que queda para toda la vida. La tinta que deja la opresión de los profesores,  los cánones absurdos de la disciplina, las reglas sin un sentido subyacente, la obediencia sin razón aparente.

En esos salones, en esas graderías destinadas a ser propias cuando llega once. Esas que son sólo para los grandes. En esas, estuvimos él y yo.

No olvido lo que era peinarnos todos los días, meternos la camisa por dentro y aguantar a un cura diciendo por quince minutos lo mismo. Sentarnos a “escuchar” las misas: una hora viendo cómo se hacen las nubes en el cielo, cómo apretaba la corbata. Cómo los grandes cantaban canciones católicas obviando las letras, pero creyendo firmemente en la melodía gritada a viva voz por su propia voz. Como pidiendo libertad, como extendiendo las cadenas hasta donde éstas dieran.

Uno sufre el colegio, es cierto. Pero se vuelve a él de manera abyecta. Como procurando volver a esa familia a la que uno entra con dificultad durante doce años. Uno entra a ella para salir a un mundo que, posiblemente, está peor. Uno sigue obedeciendo, acatando, agachando la cabeza. Y el colegio allá, en la 81 con octava, resistiendo a los inviernos.

No lo conocí. Al ‘Negro’. Lo vi, lo saludé, supe que se llamaba Colmenares (porque allá uno no tiene nombre, sólo apellido). Pero es mi familia. No importa cuántos enemigos tuvimos a lo largo del colegio. Todos somos parte de la gran hermandad. Habrán tenido que ser muy cabrones para que uno, tantos años después, los siga viendo como enemigos. O tal vez lo son, pero bajo esa forma romántica y simbiótica de Sherlock Holmes y James Moriarty, del Joker y Batman. No lo sé.

Veo esos días lejanos (en tiempo, porque en mi conciencia pasaron ayer) como felices. Los pasillos que fueron testigos de todo: de generaciones y generaciones y degeneraciones. Los salones ocultos, las picardías que contadas nuevamente no son nada, pero que en ese ambiente eran todo, se volvieron lentamente… nuestra casa.

Hoy, siete años después de haber salido por última vez bajo la mirada de mis superiores, cuando subo alguna escalera, entro por algún pasillo o miro la campana en lo alto e imponente del segundo piso, respiro. Hondamente. Sabiamente. Como tratando de respirar todo el oxígeno encerrado en el claustro. Y me siento en casa.

Yo no fui enemigo de él. Del ‘Negro’, digo. Nunca. Pertenecía al curso de dos hermanos de unos buenos amigos míos. Estaría él en octavo cuando yo en once. Creyéndome omnipotente y todopoderoso. Estaría yo, ahora, trabajando, o tomando, cuando ese 31 de octubre la ceguera mental de algunos lo agredió y lo arrojó a un caño para que finalmente muriera. Estaría yo leyendo el periódico en mi casa cuando vi la foto de su mamá (una mamá de esas cien o doscientas o trescientas o cuatrocientas mamás que entraban el día de la madre y uno las aplaudía a rabiar durante una hora para luego irse con ellas) sosteniendo la foto que nos tomaban año tras año en un fondo azul. Se me parte el alma.

La violencia adquiere un rostro, una cara, una empatía, una cercanía casi de sangre, o de tinta.

Que haya justicia en su caso es un deber. Con él, mi hermano en la distancia. Con él, ese que supo, como yo, aguantar los doce años del colegio. Ese que también marchó en las Olimpiadas, se morboseó a las porristas, acudió al día del idioma, izó bandera al menos una vez en la vida y estrenó una pinta para el ‘Jean Day’. Ese mismo, ido a otro mundo.

Por él es que pido justicia. Es eso y nada más. Él fue, cómo no, ese otro miembro del colegio que le hace a uno más llevadera la vida allí.  Esos bazares o bingos, esas fiestas. Yo quiero saber qué fue lo que le pasó el 31 de octubre. Quiero justicia para el “Negro”. Y punto.

Fotografía: tomada de El Heraldo

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Posted in: Opinión, Reflexiones