Carta a todos los que duermen

Posted on marzo 31, 2012 por

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Por Sebastián Rodríguez

A quien concierne,

Me llamo Hipólito José Camacho Santana. Desde chino me dicen Polo, y hace treinta y dos años que me paso la vida coleccionando sueños. Mi nombre poco importa para este texto, pero mi profesión es indispensable para entender esta carta rara y fluida y, también, si se quiere, para entender mi vida.

Pues sí, como venía diciendo: colecciono sueños, de esos que la gente tiene en la cabeza por las noches y que, en un descuido entre el cuarto y el quinto sueño, se les pueden sacar por la oreja (eso sí, con mucho cuidado, no vaya a ser que el dueño del pensamiento no se despierte nunca más por impertinencias o falta de delicadeza de mi persona).

Nací en un pueblo sin nombre donde se solía ver oscurecer a las cuatro y dos minutos de la tarde. Con la misma constancia amanecía pasadas las ocho de la mañana. Por esas tierras, hasta la luna y el sol eran perezosos. Era un lugar mágico lleno de pajaritos rojos (que tampoco tenían nombre) y de flores violetas pequeñísimas que no he visto en ningún otro lado. Hoy en día no sabría ubicarlo en un mapa, pero recuerdo que era muy cerca al lugar donde Antonio Moscote, de primer nombre Francisco (más conocido como “el hombre”), le ganó el acordeón al mismísimo diablo.

Allí fue donde mi abuelo paterno, un hombre alto, terco, de bella piel guajira y con dientes tan blancos como la nieve (y digo nieve sin jamás haberla visto, pero de su blancura se entiende universalmente) me enseñó el arte y pasatiempo familiar de cazar sueños.

Por eso la gente no se acuerda de lo que sueña, mijo. Gente que hace lo que hacemos va en la noche y le “embotella” lo que tenga en la cabeza– me dijo, mientras acababa una botella de ron de caña, la primera vez que me explicó el proceso.

Hoy tengo cuarenta y siete años (bien vividos a lomo de burro) y en mi colección, de más de nueve mil botellas (según mis hijos pues yo sólo sé contar hasta cien), hay incluso sueños de extranjeros y políticos, por no hablar de los de provincianos y honestos (que son más, pero menos interesantes).

Lo difícil no es sacar el pensamiento nocturno (la gente vive tan metida en la realidad que a esas vainas les da poca importancia), sino meter el hilo azul en la oreja en el momento indicado. Como decía mi abuelo (que, a propósito, se llamaba Rodolfo Soñador Camacho):

Mira, mijo, tú tienes que agarrar suavecito el hilo como si estuvieras agarrando rojitos (como le decíamos de cariño a los pajaritos). Deslizas lentamente por la oreja hasta que sientas que pique y, cuando empieza a tironear, sacas rapidito el hilo y lo tiras a la botella. Si lo hiciste bien, enseguida comienza a brillar.

Pero bueno, mi historia es la misma que la de cualquier recolector de sueños: sin muchas aventuras y con abundantes tesoros. No escribo estas líneas para contarles mi vida (que aburrido). Esta carta es el último recurso de un hombre triste y desesperado. De un tiempo para acá no “pesco” nada. Si me cuesta mucho trabajo encontrar personas dormidas, más difícil aún es encontrarlas soñando. Y, si sueñan, no son más de dos veces por noche (yo necesito cinco para poder atrapar).

Así que este humilde nómada criollo, cuya vida entera depende de ustedes, sólo pide, encarecidamente, que duerman tranquilos y piensen bonito. Lean y quieran aprender. Dejen volar su imaginación y dejen a este viejo trabajar. No sé si dejaron de soñar por evitar frustraciones y desilusiones, pero sueñen, ¡carajo! Porque, si no, me friego yo. Y se friegan ustedes.

Cordialmente,

Polo.

Fotografía: (cc)kygp

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Posted in: Cuentos