La nena del spaghetti western de Lynch

Posted on marzo 30, 2012 por

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Por Escobar

A Lilypad, Alvarirou y El Osito.

nunca guardé la primera versión.

La habitación se encuentra completamente oscura. Sólo un destello de luz tenue se logra colar por las persianas de lino. No consigo mirarlo, después de un rato me empiezan a arder los ojos. Detrás de mí se encuentra la  cama desorganizada y maloliente. El techo amenaza con caerse sobre mis piernas inmóviles y cuando vuelvo la mirada encuentro con gran alivio una botella de Bourbon.

Tomo un sorbo largo, lo hago cada que vuelvo a notar  la existencia de la botella. Vuelvo a dejarla en el mismo lugar y pongo mi mente en la tarea de olvidar cada detalle de la habitación. Mil  demonios y fantasmas persiguen el reducto de culpa que aún me atormenta en pesadillas, en recuerdos. Me siento encorvado, inmóvil. Tomo el control, prendo el televisor y fijo la mirada en la pantalla de rayos intermitentes.

El teléfono suena ocasionalmente, pero el timbre se pierde en los disparos y explosiones que vienen del televisor. El sonido del aparato sigue intacto. La pantalla, en cambio, tiene una insoportable grieta de muchos colores que la atraviesa. Frente a la situación es necesario seguir indiferente y sumergirse en un spaghetti western de Leone,  For a few dollars more. Quedo perplejo con el cruce de miradas entre Manco y sus víctimas. Vuelvo a ver la escena una y otra vez: Manco entra al bar, a su espalda un piano de cabaret repite la misma melodía. Fuma su tabaco sin ninguna prisa acercándose a una mesa donde juegan una partida de póker.  Se detiene, toma las cartas mientras el humo invade la escena y, sin más preámbulos, ante la mirada atónita de los jugadores, empieza a repartir. Ambos piden cambio de dos cartas. El rufián muestra su mano, tiene un trío de reyes. Manco lo mira de reojo y deja caer su poderoso trío de ases. Al perder la mano el rufián pregunta:

  • Nunca oí cuál era la apuesta.

  • Tu vida – Le responde, para luego escupir un residuo de tabaco.

El jugador sobresaltado busca su revólver en vano, pues la rapidez de Manco es letal.

La película se acaba, la botella también. Es imposible saber qué hora es. El destello de luz se ha vuelto algo rojizo, debe estar atardeciendo. El hambre empieza a atacar y el cuerpo que ahora encuentro ajeno empieza a doler. Me levanto con dificultad y emprendo mi camino hacia la cocina. Siento el frío de la baldosa en los dedos de mi pie derecho, pero los encuentro ausentes, busco desesperadamente un trago para que el dolor fantasma desaparezca.  Desgraciadamente la nevera parece una escena del crimen, sólo quedan líquidos desconocidos regados por los estantes  y un queso con hongos verdiazules.

Enfrentarse al inevitable tedio y fatiga de hacer. Salir en búsqueda de un trago y algo de comer. La repetición, el sin sentido. Respiro de nuevo sin preguntar por qué. Volver a salir, volver a pensar el mundo y observar todo como un  elemento fuera de la ecuación. Enfrentarme a la única verdad de la ciudad, un gran absurdo.

Me quedo dormido en el piso. Caigo frente a la fatiga y cansancio de no hacer nada, tal vez sea  la falta de comida, mas la duda vuelve a alcanzarme, trato de reconstruir cómo sucedió, ¿habrá sido todo un producto de la imaginación de un alma derrotada en búsqueda de una excusa para desaparecer? Vuelvo a ver mi pie deforme que me dice que algo pasó, no estoy soñando.

El incesante chillido de un violín regresa a mí desde dos pisos arriba. Es una canción desesperada que una vecina de 13 años intenta componer con la pretensión de enviársela a David Lynch para que la utilice en su próxima película. Esto lo sé porque un día en el que, borracho y completamente impregnado de ese olor que queda después del sexo, decidí huir de alguna mujer de muslos firmes y exigentes, y bajar al jardín a fumarme uno o diez cigarrillos. Ella llegaba del colegio con su violín en la mano y, al verme así, patético, se sentó a mi lado sin decir nada.

Succionaba ese cigarrillo como si de él dependiese mi existencia.

-Así que tú eres la que me mortifica a diario con el insufrible gemido de violín rasgado-. Le dije.

-Debo recurrir a algo para apagar los insufribles gemidos de las mujeres poco interesantes que vienen a tu apartamento- contestó.

No nos mirábamos. Su respuesta me hizo atorar de la risa.

-¿No podrías tocar algo más alegre, menos… perturbador?- Y, casi como si supiese lo que le iba decir y estuviese lista a responder, me preguntó: -¿Podrías tú tocar algo más alegre, menos perturbador? Pareciera que tienes debilidad por las mujeres que residen en cuevas. Sus caras son grises, inexpresivas. Aún sus gemidos, aunque voluminosos, no hablan de placer, más bien de un terrible aburrimiento.

No sabía cómo continuar la conversación. Me sacó el trío de ases.

-¿Cuántos años tienes?- pregunté después de un rato.

-13- contestó sin dudar, aún mirando hacia el horizonte, -pero soy mucho más madura de lo que la gente cree. El mundo siempre espera que uno tenga un vocabulario acorde a los años vividos, como si fuera aceptable que 13 años después de conocer el mundo uno pueda seguir siendo niño.

El humo salía de mis pulmones creando densos nubarrones frente a nosotros, donándole a la escena un aire victoriano y gris que creo que a ella le habría gustado.

-¿Y tú, cuántos años tienes?- preguntó.

-31- respondí secamente.

-Pareces mayor. Asumo que es por el estilo de vida que llevas.

Tenía razón en todo lo que decía, tal vez estaba ya enamorado de ella. De las pecas de su nariz, de la extraña forma que le daban las medias del colegio a sus tobillos, de las rodillas que siempre tenía raspadas y del lunar que se le asomaba en la nuca, debajo de su pelo que a veces recogía en una cola de caballo.

La imaginé diez años más adelante. La imagen que tuve me perturbó aun más, y empecé a toser. Como leyendo mis pensamientos se levantó y se dirigió hacia la puerta.

-Siento mucho que no pueda tocar algo menos perturbador. Estoy componiendo una pieza que quiero enviarle a David Lynch para que la use en su próxima película-. Me sonrió con la esquina de su boca y desapareció entre puertas y escaleras y ladrillos.

Ahora está allá, tocando de nuevo. Su intento lyncheano resulta apropiado. Puedo imaginar su composición en una de sus historias tan oníricas.  Y vuelve a mí el dolor, punzante, palpitante desde ese pie hecho alien que recorre mi cuerpo entero… Volver a la realidad después de un bonito sueño es una mierda.

Ahora viene lo más jodido: acabar con esto. Y podría ser rápidamente. Arrojarme al vacío y que mi cuerpo dé tumbos por un despeñadero. Un balazo seco que abra a su paso mis entrañas desangradas y repletas de cocaína. Una mezcla abominable de píldoras. Una marcha de mil ciento dieciséis enanos pasando encima de mí con sus vocecitas, con sus piernitas, con sus coditos hechos burla por la gente.

Puedo ver ese obituario de nadie, ese sermón a la nada, esas lágrimas contratadas por el Estado para que lloren a un hijo de la patria, a un rufián hijo de puta como yo. Pero no. Imagen errada… Imagen errada… Imagen errada… Un pequeño fade-out y chao. La respuesta es la vida. Son las pecas de la nena dentro de diez años, la casa, el perro, la piscina y los niños correteando por el jardín, ansiosos por un desayuno que los saque de la muerte.

Salgo a la calle. Ya no atardece, anochece. ¿Qué sentirá un pájaro ante esto? ¿Será lo mismo para él? ¿No será algo más allá que una simple señal de irse a dormir? ¿Se quedará mudo e inerme esperando a que se consuma ese breve instante multicolor perdido en el horizonte, indescriptible para un extraterrestre?

Caminando, perdido en los espacios diseñados en mi mente por ella, por ese violín de azul aterciopelado (¿y qué putas sé yo de David Lynch, o de Manco y el Coronel, si yo lo único que veo son serpientes, atacando una aquí, defendiendo otra allá. Es más simple, compañero, es más simple) que se repite a compases únicos. Como los de Angelo Badalamenti.

Tal vez le escriba una carta:

Querido Angelo Badalamenti, la nena de las pecas tu papá. Atte: yo.

La música me lleva hasta el siguiente bar. Hasta la siguiente botella de Bourbon. La soledad en medio de la multitud. Yo, el centro. El maníaco sexual de la próstata estimulada con un dildo, como ese cuento que ya olvidé pero que vi en el computador, una tarde de marasmo en mi oficina, esa jaula de especímenes unos iguales a otros.

Entro, la pido. Me la sirvo en el primer vaso que encuentro. Pobre hombre desdichado, piensan. Pobre despojo humano, dicen. El deshecho, el subproducto de esta raza, el Abominable Hombre de las Nieves que si tan sólo pudieran hacerlo en estos tiempos, lo mandarían al cadalso de inmediato. Otras formas se usan en esta tierra para apaciguar las almas desahuciadas.  Esta Inglaterra mía, esta Londres mía. Esta Francia mía, esta París mía. Esta España mía y Madrid mía y Estados Unidos míos y Washington mía. Este México, este D.F. Estos westerns, estos tragos, estas vidas compartidas, múltiples, como en los sueños de mis ancestros. ¡Qué va! No hay nada.

  • Venimos a cascar a este huevón– dice uno de ellos -¿alguien lo ha visto?- Una foto.

  • Yo no, pero seguro les ayudo– les respondo.

La rapidez del revólver. Tu vida, esa es la apuesta hijo de perra.

La nena y sus pecas. El dolor de mi pie. El capítulo siguiente imposible de prever. No imaginaba este mundo para mí. Pongo en la rockola una canción al azar, una que corresponda al año de mi nacimiento: 19 – 80.

With your feet on the air and your head on the groooooound…

Para mí nada, para ellos todo. La botella a medio llenar. Todo el conjunto de cosas se juntan alrededor de mí. La rotación del mundo sobre su eje. Ese es el efecto del alcohol, ¿sabías? Nadie nunca pudo imaginar cosa más simple: el trago deja que uno sienta cómo es que el mundo gira. Ese pequeñísimo punto alrededor de esa pequeñísima vela que se apaga.

Salgo a matar al huevón de la foto. Tal vez un tiempo en la cárcel me saque el siguiente capítulo. Los golpes, las patadas, ese rostro bello en un hospital esperando a ser cosido, como en las piezas de un rompecabezas que uno mismo despedaza.

Ella ahí, en frente mío.

-Hola– le digo, esperando. Sin respuesta. No era la nena, claro. Era la otra.

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