SoHo y la burguesía hipócrita

Posted on marzo 20, 2012 por

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Por Kenny Sanguino

Si en la última edición de SoHo se trataba de reivindicar o elogiar –¡Qué románticos!- a la mujer negra, puede que lo hayan logrado a su estilo: mostrando cuatro cuerpos que muchas mujeres envidian enmarcados en pieles más chocolatadas que negras. Ahora, si se trataba del problema de discriminación laboral –me atrevo a decir que más común y menos escandaloso que la discriminación racial, pero no por esto menos importante- que existe en Colombia, se rajaron, con cero.

En la foto de la indignación se evidencian dos problemas: que las “muchachas” o “empleadas de servicio” son negras y, segundo, que, en efecto, son empleadas de servicio. Este tema da para tanto que hace días leí a Hector Abad escribir sobre la muy buena película The Help. Al final, en símbolo de mea culpa, se sacudió el polvo por lo alto: “Yo, por lo pronto, he invitado a Rosa, la muchacha que viene a mi casa tres veces por semana, para que vaya a ver la película con una amiga”. En ese texto dominical –día de la semana en que,  a menos que su jefe esté suscrito a El Espectador, se lo deje leer sin interrumpirla y tenga un trapo especial para limpiar los cristales que no sea el clásico papel periódico, hay más probabilidad de que alguna de ellas lo lea-, sin embargo, no respondió los interrogantes fundamentales sobre su relación con Rosa: ¿le da buen trato? ¿Le da un salario decente con las prestaciones sociales legales? ¿Le da un horario adecuado con descansos incluidos (¿no es mucho tiempo de 8am a 6 pm, en el mejor de los casos?)?. No sé por qué no lo hizo y no me quiero volver hostil pero ¿supuso Abad que en este caso las buenas respuestas se presumen? No. Nunca.

La señora del servicio es una esclava. Todos lo sabemos. Sucede que la alcahuetería de ella puede más que ese instinto ético que muchos profesamos. Somos cómplices de un delito socialmente aceptado y sin pena alguna.

Me hablarán de las condiciones del país sin un poquito de vergüenza –como concluye Abad diciendo que “quizás echarlas, prescindir de ellas, sea incluso más infame que contratarlas, al menos aquí, hoy”-, pero no de la pereza y el ocio que ha caracterizado a la clase burguesa y que les impide organizar una sala, hacer un aseo elemental a su casa, así sea una o dos veces por semana. ¿Es necesario todos los días? No. Nunca. A menos, claro, que se tenga una amplia casa como la de Don Mattos, se reciban importantes visitas y sea uno un incapaz relativo, digo, de agarrar una escoba y exprimir un trapero.

Aunque parezca, no se trata de cuestiones personales ni mamertismo. Es sentido común. La esclavitud está extinta, reducida –pero en sus justas proporciones, diría Turbay desde la tumba-. ¿Y entonces? La Liberté, légalité, fraternité…¡Pamplinas! Burgueses fueron los que dijeron eso.

La paradoja de SoHo –y la de muchos- fue la misma en la que cayó el Dios de los cristianos y que Saramago denunció: “¿qué diablo de Dios es éste que, para enaltecer a Abel, desprecia a Caín?” Cambiaron a esclavas negras por esclavas blancas. Ah, pero no hay que decirle negros a los afro, ni blancos a…¿quiénes? ¿Al resto? Puros eufemismos legislativos. Esto no es una burla mía, es una burla de los representantes del pueblo que confunden a quienes hablan español y no resuelven en NADA el gran problema de la discriminación.

Me lavo las manos con un tufillo insolente y pueril:  no tenemos empleada en la casa. Es un elogio al desaseo o a la mugrienta condición humana, como sea. Me pasa como a Hans Schnier: “odio las habitaciones desordenadas, pero yo mismo soy incapaz de poner orden”. Sé, también, que no soy el único con un cuarto inundado de polvo y mugre. No entiendo esos que, sin ruborizarse, dicen que tienen (del verbo tener, el idioma lo confirma) una muchacha de servicio que se ocupa de ocultar la suciedad del hogar. Ojalá haya tiempo y espacio para hablar de las amas de casa y del aseo urbano.

Fotografía principal: tomada de acá.

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Posted in: Opinión