La política del odio

Posted on marzo 16, 2012 por

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Por Andrés Páramo

Es fácil odiar a Gustavo Petro. No hay blanco más sencillo. Haber sido guerrillero, no importa de qué grupo, y uno de los principales opositores políticos del presidente más popular que ha habido en décadas, completan el truco. Sus discursos, sus palabras, sus actos de rebeldía, como poner la expresión “los ricos” en su plan de desarrollo, son suficientes para ser un ciudadano no grato dentro de la urbe que gobierna.

Y él no ayuda, hay que decirlo. No es un conciliador ni mucho menos. Contradice a los ricos, y aquí sí que puede usarse esta expresión. Lo hace regalándole agua a los pobres (los ricos, antes que regalar el pescado, siempre prefieren enseñar a pescar,  aunque, como dijo Carolina Sanín, ellos no enseñan a pescar a nadie). También lo hace quitándole apoyo distrital a las corridas de toros, cuna de la más alta alcurnia y  del regodeo de la clase alta. Cuna que los distingue y distancia del pueblo en la Plaza Santamaría.

Como él, la ciudadanía tampoco puede quitarse el ropaje del odio. La “política del amor” de Petro no existe. Basta ver la crisis por la que atraviesa Transmilenio en estos días para descubrir el odio visceral que hay contra el alcalde. La culpa es de él, me dicen. “Una cosa es defender su candidato y otra es estar ciego ante sus actos”, me repiten como loros. Y no es solamente gente de derecha. Ojalá. Los izquierdistas más recalcitrantes, para sentirse de vanguardia, también caen en el juego. Hasta el Polo, ese partido del que se marchó el exguerrillero para fundar, podría ser verdad, un movimiento más limpio, sale al ataque. Por vendido, por contradecirse siempre, por echarse para atrás cuando hay crisis, por ser de derecha o de centro-derecha, de la caverna, mejor dicho. Claro. Petro, el hombre de derecha. (¿Qué opinará José Obdulio Gaviria, Fernando Londoño, o el expresidente cuyo nombre se me olvida?)

Mientras le dan látigo al alcalde, la historia le pasa a los ciudadanos por sus narices en un bus articulado, repleto y congestionado: ¿quién entregó las vías a los operadores particulares? No fue Petro. Esa es harina de otro costal. Antes de hablar de Transmilenio hay que quitar el palabrerío populista, tipo Aurelio Suárez, que lo rodea. Los técnicos tienden a coincidir en que, en su momento, la entrega casi exclusiva del negocio a los privados era la única opción tangible para echar a andar el modelo. Ya que el sistema funciona, se pueden renegociar los contratos una vez éstos se venzan. Ahora bien, si Petro lo hace mal, hay que caerle, no cabe duda.

¿Y los atrasos en las obras? ¿Y la fase tres aún incompleta, cuando son ocho de ellas las que hay que hacer? ¿Y las tarifas altas? Nada de eso es su culpa. Literalmente nada. Hay que mirar hacia atrás, hacia el descuido de las administraciones pasadas al ejecutar las obras de los buses articulados. ¿Pero Petro? ¿De verdad? De algo hay que agarrarse en esta pugna. Como cuando en campaña repetían frases volviéndolas verdad: “que Petro se tomó el Palacio de Justicia, mató a los magistrados y desapareció a la gente”; “que Petro no puede gobernar porque no hay plata suficiente, lo dice la Revista Dinero”. Se les llena la boca como si fuesen técnicos; expertos en historia o en finanzas distritales. Es que ni los más obtusos contradictores caen en esas trampas. Ni se tomó el Palacio, porque estaba preso, ni la Revista Dinero afirma eso: es parcial. Hay posibilidades, dice la nota.

¿Igual qué importa? Como somos lo que los demás piensen de nosotros, entonces adelante: se tomó el Palacio, mató y desapareció (¡Liberen al coronel Plazas Vega, por favor!). Tampoco tiene plata para sus obras. Además, la crisis de Transmilenio es culpa suya y solo suya.

El alcalde tiene, obvio, sus problemas: sus trinos anunciando anticipadamente políticas públicas serias, el desajuste institucional que hay en la Alcaldía, su error de querer fusionar las empresas de servicios públicos como en Medellín (que no lo están del todo). Pero esas son cosas distintas. La veeduría a Petro es absurda; agresiva. Es más una bomba puesta en Liévano que una crítica sana. Así no va a poder gobernar. O terminará preso. No me extrañaría un grupo de eminentes juristas (como Ferleyn, el de Viviane) que se inventen algún tecnicismo tipo Fernando Londoño para que lo destituyan. Queda el brazo sensato de los ciudadanos y apelar a él. Nada más.

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Posted in: Opinión, Política