¿Libros como ladrillos o como mariposas?

Posted on marzo 15, 2012 por

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Por Laura Victoria Pérez

El señor Morris encuentra refugio en una casa de libros voladores que llenan su vida de color. Allí, dentro, la catástrofe ocurrida a su alrededor no importa. Además, cada vez que lee a alguno de los habitantes de la casa, no sólo se nutre de sus contenidos, sino que también rescata de la muerte y el olvido a un libro que, de no ser leído, se desharía en su soledad y se perdería para el mundo.

En la última entrega de los premios Oscar, una animación sobre la relación vital entre un hombre y sus libros se llevó el premio a Mejor Corto Animado. Co-dirigida por  William Joyce (autor e ilustrador) y Brandon Oldenburg (ex animador de estudios como Pixar, Disney y DreamWorks), Los Fantásticos Libros Voladores del señor Morris Lesmore cuenta una historia de sanación a través de la literatura. ¿Quién no ha experimentado momentos muy íntimos de transformación en los que el catalizador responsable fue algún libro?

Es interesante que, a pesar de su mensaje, el destino natural de este corto, en la actual coyuntura de la industria editorial, haya sido convertirse en uno de los ebooks infantiles más populares y comentados de la tienda iTunes. Resulta al menos paradójico que todo el romanticismo por los tradicionales productos de la imprenta sea transmitido al público infantil a través de la pantalla de alta resolución de las tabletas, aunque esto, ciertamente, sea mejor que dejar perder el mensaje de la literatura como cura y alimento para el alma. Todo parece indicar que lo días de tener que empinarse para alcanzar un tomo en una biblioteca, o de cortarse los dedos con el papel, van a ser una experiencia ajena a un cada vez mayor porcentaje de la población. Ellos van a relacionarse con contenidos literarios principalmente a través de dispositivos digitales. Hacer separadores de hojas, o andar doblando y anotando páginas, darán paso a otro tipo de interacciones con la literatura en las que las protagonistas serán las pantallas.

El asunto es, hoy en día, una cuestión de supervivencia básica ineludible para las editoriales interesadas en continuar en el mercado, quienes ya se han embarcado en masivos procesos de digitalización de sus contenidos. Compañías como Apple o Amazon tienen una muy clara delantera en la distribución de estos textos entre sus consumidores finales, y esto las ha llevado a dominantes posiciones de poder. Amazon, por ejemplo, ha bloqueado en al menos dos ocasiones la distribución de ebooks de sus clientes editoriales para presionarlos a la hora de renegociar precios y contratos. Apple, por su parte, rechazó hace poco la distribución de un ebook con hiperlinks que dirigían a libros vendidos por Amazon.  

Cada una, desde sus canales de distribución o sus propios ambientes de contenido, ejerce un importante poder de veto sobre los contenidos a los que sus usuarios tienen acceso, lo que por su dominante posición en el sector representa un riesgo para la libertad de publicación y circulación de libros. Adscribirse a una u otra tableta puede significar empezar a construir un muro de ladrillos que lo aleje a uno, como lector, del universo de opciones literarias que no interesan a las compañías en cuestión. Está por verse si opciones más independientes terminan por consolidarse.

Más allá del clásico lamento de “todo tiempo pasado fue mejor”, esta transformación nos invita a reflexiones complejas sobre qué de todo lo escrito va a sobrevivir a este cambio de formatos y qué puede quedar marginado de estos procesos. Está también la duda de cómo vamos, como sociedades, a poder acceder a esta valiosa información, y en qué criterios se basarán los encargados de decidir si algo es publicable. Los smartphones y las tabletas son avances importantes que nos transforman la vida y crean posibilidades interesantes de acceso a la información. ¿Podremos utilizarlas para un verdadero acceso democrático a todo tipo de literatura?

En este punto llega de nuevo a mi mente la imagen, en el corto animado, de un viejo libro cuyas letras se empiezan a desaparecer por la soledad y la falta de uso. ¿O tal vez el mensaje del corto era, justamente, el de rescatar del olvido a los libros para que revoloteen libremente entre aplicaciones y la nube? La pregunta queda abierta.

Fotografía: (cc)Maguis & David

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Posted in: Opinión, Reflexiones