Aquel viejo almacén

Posted on octubre 28, 2010 por

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En el barrio La Candelaria hay un lugar dedicado a la cultura porteña. El Viejo Almacén, es el escenario donde se reúnen cada noche amantes del tango. Crónica a un domingo de Milonga.

Por Juan Sebastián Serrano

El reloj dentro de poco marcará las seis de la tarde de este domingo sin puente y en el Viejo Almacén la milonga está por comenzar. El cielo gris amenaza lluvia en Bogotá y, sin embargo, poco a poco, los bailarines irán llegando a este rincón de La Candelaria para entregarse al frenesí de una noche de baile tanguero. Este local, ubicado en la calle 15 con carrera 4ª, ha tomado el nombre de aquel famoso café del barrio San Telmo en Buenos Aires y se convierte cada 15 días en el punto de encuentro de los bailadores de tango de todas las clases y edades. El resto de días, es un sitio para escuchar tango y emborracharse por cuenta de las canciones tristes en la voz de Gardel. Ayer no más, unos hermanos que no se veían hace 10 años se encontraron en el bar por cosas del azar, y según me cuentan, salieron del lugar dando tumbos ya bien entrada la noche.

Por ser hoy noche de milonga, se cobra un cover de 10 mil pesos pues es lo único que le da a Marielita, la dueña del lugar, para pagarle a sus empleados la jornada. “El bailarín, bailarín de tango, no es tomador de trago”, me advierte Oscar, trabajador del Viejo Almacén y quien es el encargado de hacer efectiva la cuota. El bar, si hay buena clientela, cerrará a las 11 pero hace ya un rato que abrió sus puertas y si no fuera por un señor que araña los 70 y quien apura una cerveza sentado en la barra, estaría sin clientes. Algunos turistas seguramente con ganas de tomarse algo, se han acercado a estas puertas que son de las pocas que están abiertas hoy domingo a estas horas en el histórico barrio, pero al ser notificados del cover que hay que pagar deciden no entrar. Marielita cree que hoy la jornada no promete: “Me dijeron que había habido una milonga en un club la noche anterior. Deben estar trasnochados”, me advierte.

Ella hace 45 años que tiene este bar. Había llegado con su viejo –como le dice a su marido difunto- desde Armenia y montaron un pequeño local llamado El Cambrión. “Era un chuzito con unas tres mesas”, dice en un tono paisa que no ha perdido. Con los años compraron un tocador de acetatos de 78 revoluciones y a fuerza de que sus clientes les iban pidiendo canciones las cuales ellos anotaban en un papelito para comprar los discos que las tuvieran, se fue haciendo la colección que hoy reposa al otro lado de la barra en una estantería de tres metros por tres. Con la muerte de su esposo, hace ya 32 años, le cambió el nombre por el actual, me dice Mariela dirigiendo su mirada hacia el cielorraso como quien quiere parar el tema ahí. Es una mujer de escaso metro y cincuenta quien camina con dificultad por un problema en sus caderas. Marielita, aunque vanidosa y reservada con su edad, debe atravesar los 65 años. En su bar no permite las parejas melosas: “A veces me acerco a una que otra pareja y les digo: ‘bájenle un poquito a los besitos’”, cuenta entre una mezcla de jovial y seria. “Es que uno hace respetar su negocio”, añade. Sus clientes, que desgranadamente han ido llegando y que a eso de las 9 ya son unos 20, le guardan cariño: la saludan de beso y abrazo cruzando el umbral de la barra.

En el lugar suena el tango Quisiera verte una vez más y ya en la pista se puede ver algunas parejas disfrutando de la milonga. Unas cinco o seis. Un hombre de unos 30 años, que sostiene su frondosa cabellera risada con una balaca negra, baila entregadamente con una mujer la cual en su pelo ya asoma algunas canas. Como quien frecuenta un salón de billar para conseguir con quién jugar un chico, aquí el milonguero está exclusivamente para aplicar aquella técnica del cuerpo que ha aprendido durante años. Nada más. No vino a hacer amigos. Por eso no extraña ver a hombres y mujeres sentados en alguna mesa sin compañía, aguardando simplemente el momento de sacar o ser sacados a la pista central. Pero tampoco están aquí para utilizar el baile como pretexto para conocer a la chica que los alborota. Quienes frecuentan el Viejo Almacén en una noche de milonga, llegan hasta aquí porque sencillamente quieren tener con quién hacer los molinetes y las cruzadas, que han mecanizado hasta el cansancio en la academia.

No en vano, el bailarín de tango no es muy dado a meterle trago a su faena. Los clientes del Viejo Almacén en su mayoría toman agua y, a lo sumo, hacen efectiva la cerveza que incluye el boleto de entrada. Con algo de pericia, se sabe bien, es posible ser un respetable bailarín de vallenato o reggaetón. Yo, con la ayuda de tres cervezas, de hecho lo soy. Pero el tango es otra cosa. El milonguero no es aquel que se envalentona por cuenta de las copas y suelta sus caderas sin reparo. Esa envidiable agilidad del cuerpo, esa soltura, ese poder cerrar los ojos, esa pirueta, aquel viraje, esa elegancia al bailar, ese olvidarse que uno no es solo cuerpo, todos los que aquí bailan lo han construido, unos mejor que otros, a través de una sesuda práctica que cualquier profano no puede venir a imitar. Pienso en todo esto mientras los clientes siguen llegando, una pareja de novios que son a la vez profesores de academia de tango finalizan su tanda en la pista, y mi tara con el baile adquiere mayor relevancia.

‘Donde haya una milonga yo no puedo estar sin ir’

Ya son las diez. La escena de que un domingo en la noche sigan llegando clientes a un lúgubre local en el centro de la ciudad para bailar un rato, no deja de resultarme pintoresca. Fijo mi mirada en una rubia delgada y alta de unos 30 años que acaba de entrar. Viste toda de negro y su apariencia nórdica la delata. Toma una mesa y saca de una bolsa de cartón sus zapatos para bailar. Los pocos hombres del lugar, clavan sus ojos en ella. Ante la sorpresa de ver de momento la pista vacía, se acerca a la barra, pide una botella de agua y le pregunta a la dueña del bar si hay en el lugar alguien con quien pueda bailar. Marielita le grita a un muchacho de unos 25 años, pelo corto risado, mirada recogida y quien está sentado solo con su cerveza en una mesa contigua a la barra, “que haga el favor y baile con la niña”. Éste, obediente, la invita con mucha timidez a la pista. La niña se llama Karen, es de Nueva Zelanda y dice ser escritora. Baila tango desde pequeña y hace poco que estuvo en Buenos Aires entrenando sus pasos en la cuna de esta danza porteña. Al bailar, como aconseja el tango, cierra los ojos para escuchar mejor.

Hace un rato entraron al Viejo Almacén dos mujeres bastante glamurosas, que deben bordear los 50, pero que aún conservan una gracia parecida a la belleza. Una de ellas me invita a bailar y ante mi rechazo por temor al ridículo, me monta conversación. Su nombre es Rocío y es profesora de Historia en la Javeriana. Rocío viste un pantalón negro, camisa del mismo color, y un pareo de luces rojo. “Los colores del tango”, me explica. Es, junto a su amiga, de las pocas y pocos del lugar que han respetado la solemnidad en el vestido. Rocío lleva una vida dedicada a este baile. La milonga, me cuenta Rocío, tiene toda una etiqueta que en el Viejo Almacén ciertos clientes aún procuran respetar. La forma de invitar a una mujer a bailar, por ejemplo, se hace a través de la mirada. Si la mujer está mirando a la pista es que aún no quiere bailar, pero si empieza a mirar a las mesas y a intentar contacto visual con un hombre, es que ya quiere ser convidada. El milonguero entonces, con un discreto cabeceo le señala la pista y si la mujer asiente, se encontrarán en la pista.

‘Bailar es soñar con los pies’

Rocío es casada y con dos hijos. Sin embargo, cada vez que puede se va con amigas meses enteros a Nueva York o a Buenos Aires, y noche tras noche, asiste a los bares y cafetines que ofrecen milongas. “Bailas por horas con una persona que no sabes ni su nombre y que no volverás a ver en tu vida”, dice. A esta profesora de Historia cuando baila le gusta cerrar los ojos pero confiesa que en esta noche tan solo hay una persona con la cual se pueda permitir el lujo. Se refiere al muchacho que hace un rato bailaba con la neozelandesa. Los otros, dice, son un tanto torpes. Hace un rato veía a Rocío bailar con un hombre de camisa naranja y pantalón caqui, y me parecía que se estaba jugando el pellejo en esa pista. Lo miraba a los ojos de tal manera, que, juzgada en otras circunstancias, sería el preludio de un beso. Sin embargo, contrario a mi pronóstico, me confiesa que con él no hay empatía. “Bailé un abrazo abierto mirándolo fijamente porque no me quería entregar pues no baila bien”, me aclara. En la milonga aquí y allá, es un goce por la música. “Uno está entregada al sentimiento que genera la música, no al hombre con el que baila, como muchos creen”, cuenta. A veces sí, confiesa, hay una entrega al abrazo de un hombre que sabe abrazar, pero hasta ahí. Lo realmente apasionante, a su juicio es que “El tango es una adicción. Lo que convoca es esta música que llega al alma. Es una locura llamada tango”.

Son alrededor de las diez y media y los bailarines comienzan a abandonar el lugar. Antes de que el reloj marque las 11, lucirá vacío. Rocío y su amiga, se acercan a la barra, pagan su cuenta y se despiden de Marielita. Le dicen que no se están más tiempo porque no hay muy buenos bailarines esta noche, no sin antes reparar en uno que no habían visto y el cual a juicio de ellas, baila bastante bien. Yo por mi lado me voy convencido de que aquí en el Viejo Almacén y en cualquier otro lugar donde se celebre una milonga, cobra mayor sentido aquella frase de Joaquín Sabina: bailar es soñar con los pies.

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Posted in: Crónicas, Especiales