¿Todos somos Quijotes?

Posted on octubre 26, 2010 por

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Por Sanchica*

Para muchos es un hecho sin espacio a duda que don Quijote está loco. Se basan en la forma en que asevera y da por sentados hechos inexistentes, como cuando ve en una venta ordinaria un castillo maravilloso, o en Maritornes ( mujer pobre y fea sin par, desagradable a todos los sentidos, “tuerta del un ojo y del otro no muy sana“) a una hermosisima doncella.

Sin embargo, considero que todos, a veces, hacemos esa misma manipulación de la realidad, (claro, algunos en mayor grado que otros, o de manera más seguida). Lo hacemos cuando engañamos a los demás e incluso a nosotros mismos, disfrazando la verdad de manera de que sea más agradable a nuestros ojos y a los de los demás; por ejemplo, cuando estamos enamorados y sabemos que la persona de la cual lo estamos tiene un defecto, vicio o comete una falta, nos hacemos los ‘pendejos’, miopes o ignorantes, con tal de no dañar la imagen que tenemos o queremos tener de esa persona, y ¿eso no es lo mismo que hace don Quijote?

Cuando se ve sin celada después de la batalla con el Vizcaíno, don Quijote, en su afán por reemplazarla, consigue muy convenientemente el “yelmo de Mambrino”. Claro está que, para los ojos de todos, aquello no alcanza ni a asemejarse a un yelmo, siendo realmente una bacía de barbería. Y aún así pocos se lo refutan.

Eso mismo nos pasa cuando, en nuestro afán de encontrar el “príncipe azul”, llega a nuestra vida un gamín verde, que para nuestros ojos es y será a todas luces un príncipe, y ¡ay! de aquel que ose criticarlo, o quiera abrirnos los ojos como quería hacer Sancho con su amo, pues en vez de recibir agradecimiento recibirá nuestro enojo; en el mejor de los casos haremos como nuestro querido Hidalgo, “oídos sordos“, ignoraremos las aclaraciones o advertencias que nos hagan, y en el peor de los casos declararemos a ese alguien como nuestro enemigo jurado, por atreverse a hacernos tal ofensa y levantar falsos testimonios a nuestro amado “príncipe“.

Eso mismo hace un borracho cuando asegura estar sobrío, o un adicto que niega tener dicha adicción, o un mal estudiante que jura que el profe le tiene bronca. Cada cual ve la realidad como la quiere ver, o como su imaginación se la ayuda a ver.

Por eso no podemos ser tan ligeros al afirmar la locura de nuestro valeroso caballero (aunque eso solemos hacer siempre, juzgar a los demás en vez de autojuzgarnos) sino indagar en sus razones, comparar la imaginación de este con la nuestra, y aprender de sus batallas, friegas y refriegas, sacando el mayor provecho, para saber hasta qué punto nos es lícito imaginar, o de que manera nos puede ayudar o perjudicar maquillar nuestra realidad.

De repente nos damos cuenta de que estamos peor que él, y podemos abrir los ojos y tomar cartas en el asunto.

Por otro lado, podríamos encontrar que esa imaginación “antes causará gusto que pesadumbre” al hacerle ver la vida color de rosa a un enfermo o un anciano o un niño, como lo hace Benigni en “La vita e bella”, en cuyo caso lo hacemos indiscriminadamente y con gusto, a sabiendas de que estamos alejados de la realidad.

Y en este punto es donde debemos preguntarnos ¿estamos locos por imaginar? o, quizá, ¿estaríamos más locos si, a fuerza de ser coherentes con la verdad, racionales y doctos, vivimos amargamente o con sufrimiento?

¿Que será más cuerdo, vivir felices con nuestra verdad, o vivir infelices con la pura verdad?

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Fotografía: (cc)César González – Destinos360

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Posted in: Opinión, Reflexiones