Bicentenario, patrioterismo y sensiblería

Posted on julio 23, 2010 por

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Por Andrés Páramo

Muchos de mis amigos y personas más cercanas, por no celebrar con entusiasmo la Independencia colombiana del 20 de Julio (que en estricto sentido histórico, no es Independencia) o por tildar de ridículos algunos movimientos como Colombia es Pasión, me acusan de ser muy pesimista, de ser un mal patriota. Y no los culpo. Por lo general, yo le hago mucha gracia y les doy la razón a los críticos de este país. A todos, objetivos y no objetivos. Desde intelectuales como Fernando Vallejo o Antonio Caballero, hasta comediantes como Martín de Francisco o Jaime Garzón. Y a todos les rindo culto por igual.

Pero lo que yo critico no es el patriotismo. Me parece bien que un país, como una persona, construya una identidad fuerte y pueda definirse respecto de los demás. En el mundo (pese a que yo soy partidario del acercamiento de los países) sirve para mantener la diversidad cultural, y la no homogenización aburridora de parecernos todos con todos.

¿Qué sería del mundo sin las rancheras ebrias de los mexicanos o los tangos melancólicos de los argentinos? ¿Qué sin el teatro devastador de los rusos o las cumbias peruanas? Claro, la identidad se forja con la sensibilidad hacia los rasgos y patrones culturales propios. El patriotismo se logra con siglos y siglos enteros de reconocimiento hacia lo de nosotros, el orgullo y el distanciamiento –cultural- de los demás. Pero es que, precisamente, de eso carece la sociedad colombiana.

Lo que yo critico es la sensiblería y el patrioterismo, que eso sí, abunda acá. Por sensiblería entiendo yo ese abuso de la sensibilidad manejado por los medios. La sociedad colombiana, a ratos, da la apariencia de sensibilizarse por los problemas patrios. Y lloran y van a marchas y piden cosas. Pero por lo general, la mayoría del tiempo, tratan de huir de ellos. Ese es el primer error. Yo creo que un rasgo definitivo para crear una verdadera sensibilidad, es identificarse con los problemas propios – que en este caso, son los de los demás, o más bien los de todos nosotros –  Como en Chile, donde a fuerza de ver montañas de cadáveres en las calles, diariamente y sin descanso, los chilenos se tomaron en serio sus derechos y su participación democrática. Y protestan en las calles para tener servicios públicos, como el acueducto, como el alumbrado, como el transporte. Y poco a poco consiguen triunfos y desarrollo.

En Colombia no se lucha por los derechos, sino que se huye a otros lugares recónditos del globo, que bien pueden tener los mismos problemas, pero que nunca juzgaremos con el lente que usamos para acabar con lo de acá. Y de vez en cuando, a ratos, si sale Juanes cantando en la frontera, o si un profesor caminó desde Nariño hasta Bogotá por su hijo secuestrado, pues nos compadecemos, lloramos y nos abrazamos. El asunto de la sensibilidad es volver todo eso propio y tenerlo, no como fiebre de un día, sino como condición de toda la vida.

El patrioterismo es nuevo y es impuesto desde arriba. Son esa serie de íconos que nos muestran como símbolos de nuestra nacionalidad, de los que debemos sentirnos orgullosos, y además, juzgar al que no los comparte. Y entonces Shakira, que canta en inglés. O Juanes, que también canta y habla en inglés –así proclame con orgullo que no, pues más bien sí–.

O Gabriel García Márquez, que ganó el Nobel. O las películas que ganan festivales en Guadalajara y en Cannes. ¿Pero y lo otro, lo demás del lado de acá? Pues se desprecia, obvio. Joyas del cine como La boda del acordeonista o Los niños invisibles, se van a la basura, y las conocerá, si acaso, Bernardo Hoyos. ¿Cine colombiano?, dicen, no eso no, muy aburrido, siempre habla de lo mismo, que del narcotráfico, que de las matanzas, que del secuestro. Y le huimos, en vez de aceptarlo y hacerlo propio, para poder resolver sus preguntas y protestas. Lo que nos interesa y gusta es lo que nos reconozcan los otros. No lo que produzcamos nosotros para reconocernos en frente de ellos. Por eso no se recuerda el Nadaísmo, ese movimiento poético, auténticamente colombiano y original, que nació como respuesta a una sociedad indolente. ¿Sabrán qué es? De pronto no, porque Gonzalo Arango no se ganó el Nobel.

Pongo como espejo a Argentina, con el perdón de Dios, de mi Patria y de mi madre (que es como mi Patria, que es como mi madre) Pero ¿eso mismo dirán los argentinos de la dramática, real y devastadora Noche de los lápices, la cruda exposición de su dictadura? ¿Habrán olvidado los argentinos a Julio Cortázar porque no ganó un Nobel de literatura? No. Porque lo de ellos -su patriotismo real- empieza desde abajo. Desde la sociedad. Desde la gente de carne y hueso tratando de sacar el tango de las cantinas y de los barrios pobres, para hacerlo su música oficial. O de contraponerse a la frase de “el Rock no puede ser en español” para salir con Cerati o Charly o Fito o Calamaro. O de nacer con el inglés como lengua madre, como Borges, pero escribir toda su obra en español – en español argentino – y no al revés, como Shakira o The Black Cat Bone. Y ahí sí, para el mundo, material de exportación genuino y auténtico, que corean en muchos estadios y que leen en miles de escuelas.

Si el patriotismo busca imponerse desde arriba, pasa lo de acá. Que es falso, que es un orgullo de mentiras, que no genera un sentido de pertenencia real. Por eso el 11 de Julio, día de la espléndida final del Mundial de Fútbol, la gente paralizó el Parque de la 93 – de Bogotá, sí – , con banderas españolas, con expresiones como “hostia” “tío” “maja”, tirándose harina unos a otros, con júbilo y alegría desbordados, con los colores de la Madre Patria en la cara llena de gozo, porque como buena y obediente colonia que somos, les celebramos los triunfos a nuestros dueños españoles. ¿Qué digo? No, no, me volví loco,  se me olvidó que hace 200 años nos independizamos de ellos, y estamos orgullosos.

Fotografía: (cc)treviño

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Posted in: Opinión, Política