El verdadero problema

Posted on junio 12, 2010 por

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Por Nicolás Saldaña Meza*

“La libertad no puede ser fecunda para los pueblos que tienen la frente manchada de sangre.”

José Martí

Para nadie es un secreto que nuestro país sufre, desde hace mucho tiempo, un mal grave. Y ese ‘mucho tiempo’ no se remonta a 30 o 40 años atrás. El padecimiento data desde hace unos 500 años apróximadamente. Cuentan los libros que alrededor del año 1492 llegaron a nuestro continente tres embarcaciones de atractiva denominación: la Pinta, la Niña y la Santa María. Cuentan también que en dichos barcos venía un navegante experto que, se cree, murió sin saber que había descubierto un nuevo continente. Al momento de su arribo la historia lo ha llamado “El Descubrimiento”.

Posterior a ese período, se presentaron en el tiempo las épocas de la “Conquista” y la “Colonización”. Lapsos en los cuales se plantaron muchas semillas para nuestro futuro, dentro de las cuales se encontraba aquella de lo que hoy nos tiene agobiados: la violencia. Nuestros Indígenas fueron conquistados mediante engaños, despojados sin lugar a explicaciones de sus tierras y subyugados abruptamente para realizar trabajos forzados. Los esclavos, traídos del viejo continente para apoyar la tediosa labor, no eran considerados siquiera como animales, la designación que se les daba era la de “instrumentos parlantes”; y los indígenas que ya habitaban acá, quién sabe hace cuánto, eran objeto de torturas góticas cuando mostraban algún tipo de resistencia a su adiestramiento cristiano.

Nuestro país estuvo sometido por cerca de 300 años a manos de la corona española, tiempo en el cual un caraqueño, de ascendencia española, fue el engranaje de la insurgencia criolla que estalló la “Independencia”. Cientos de campesinos y esclavos, movidos por la efervescencia en su sangre que en algún momento habría motivado a Benkos Biohó a revelarse en su época, lucharon al lado de Simón Bolívar para conseguir la independencia. De aquella lucha, que se dice inició con la discusión por un florero, y que favoreció al reconocimiento de algunos de nuestros próceres, hoy no queda mucho. Aquella lucha por la que miles de personas dieron su vida y se alzaron con piedras y palos contra fusiles con el único objetivo de ser realmente libres, hoy la estamos desdibujando. De ella parecería no quedar más que un comercial que pasan en horario estelar y unas cartillas ilustradas que se regalan a los transeúntes urbanos con motivo del bicentenario de la Independencia…

Hace cerca de 40 años se encuentran asentados en nuestro país unos grupos insurgentes que a lo largo de la historia no han hecho más que deslegitimar los principios con los que se conformaron. Hoy nos vemos como una sociedad aterrorizada que aplaude cuando liberan secuestrados, y no se enfoca en resaltar el daño que nos hicieron al secuestrarlos. Hoy parecemos un país que se siente conforme con dormir entre muertos, en donde pareciera normal que estalle un carro bomba cada semana, que secuestren a alguna persona o que se encuentren juzgando a algún padre de la patria por relaciones corruptas.

El fenómeno de la Violencia no es nuevo en Colombia, y precisamente esa ancianidad, si es bien analizada, nos debería servir para determinar en qué es lo que estamos fallando al momento de atacarla.

Surgen muchas preguntas, ¿cierto? Y sobre esas muchas preguntas el patrón en las respuestas es uno solo: Seguramente “algo estamos haciendo mal”.

Mientras sigamos haciendo lo mismo, enfrentando nuestros miedos con las mismas técnicas, y buscando llegar a la paz a través de la violencia, acá nunca cambiará nada, las balas algún día se acabarán, y cuando eso suceda, a nuestro lado seguramente ya no estarán nuestros hermanos, ni nuestros padres, ni nuestros hijos…

Es urgente que se conforme en Colombia una nueva consciencia, donde se comulgue con el hecho de que el delito no se combate con más delito. Necesitamos una sociedad que entienda que este país es de TODOS, y haga lo necesario para hacérselo entender a TODOS. Verdaderamente quiero vivir en una sociedad que conciba como bandera la frase perpetua de Gandhi –Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego-, una sociedad que esté más allá de los “ismos”, el color de la piel o la clase social. William Ospina, en uno de sus habituales arrebatos de genialidad, le regaló a Colombia la siguiente reflexión “Ya no son parte del futuro, en ningún lugar, ni la dictadura del proletariado ni la dictadura del secretariado.” Mientras existan obtusos que crean lo contrario, tendremos más violencia, dirigentes guerreristas y mazas estúpidas que siempre estarán en busca de un nuevo mesías.

Es una deuda que tenemos con Colombia: es nuestro deber como ciudadanos de hoy el meternos de lleno en la política -no sólo cada cuatro años cuando vamos a marcar un tarjetón-, en el cuento de que el progreso está en manos de todos, en el cuento de exigirle a nuestros dirigentes cuentas claras, y en agradecerle a aquellos que nos han hecho bien, pero sin dejar de recalcarles que este país -un lugar donde ha pasado lo impensable- realmente está urgido de un cambio, y que por ello, sea quien sea el que quede elegido el próximo 20 de Junio, el Gobierno de Colombia, por primera vez en la historia, lo protagonizaremos todos: la sociedad en pleno. No sé usted, pero yo realmente creo que de esa rendición de cuentas saldría muy mal librado aquel candidato que parece usar pestañina…

*Recibimos este artículo vía nuestro formulario de contacto.

La fotografía (cc)Carlos Caicedo

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