¡Escuchen, la frontera está llorando!

Posted on mayo 18, 2010 por

4



Por Jkrincon

Para entender por completo la idea de que colombianos y venezolanos somos hermanos es necesario vivir en Cúcuta. No conozco la situación en las demás zonas fronterizas, pero no me extrañaría si sucede lo mismo.

Viví 17 años en Cúcuta, la mitad de mi familia es veneca (y la mitad de esa mitad tuvo que huir de Venezuela por culpa del miedo que produce Chávez). Cúcuta es de Venezuela así como San Cristobal (ciudad fronteriza) es colombiana. Nos separa un puentecito por el cual, a diario, pasan miles de personas que nos convierten en la zona franca más activa de América Latina.

Intercambiamos mercancías, servicios, costumbres, sueños, historias, familias. En Cúcuta lo único que te diferencia de un venezolano es tú acento (insoportables ambos) y, quizás, la moneda con la que pagas. Ni siquiera la nacionalidad es una diferencia clara: la mayoría de los cucuteños poseen cédula veneca (pregúntenle a Chávez cómo sucedió eso).

Somos una familia, y estamos tan ligados que los números no son capaces de representar la dependencia que nos une. Sí, Venezuela es (o era) el segundo socio comercial de Colombia, pero permítanme humanizar un poco ese enunciado. Recientemente (unos cuatro años, si la memoria no me falla) construimos dos centros comerciales inmensos, y recibimos la inversión de empresas que antes ni se fijaban en nuestra ciudad (Mc’donalds, Home Center, Exito, Juan Valdéz, El Corral, Panamericana), gracias a que el bolívar (junto con los subsidios y la escasez) permite que nuestro mercado sea atractivo para los venecos. No en vano la Panamericana de Cúcuta fue la que más vendió hace un par de navidades.

A nivel de las personas la influencia es más notoria. Las peluquerías se nutren de venezolanos; los lustrabotas (quienes se han quejado a sobremanera en estas elecciones) tienen un negocio montado gracias a una gran afluencia de venecos; el centro de la ciudad se ve, por estos meses, vacío, pues sus mayores compradores son los del vecino país; los cucuteños podemos tanquear nuestros autos con tan sólo 5.000 pesos (monto que, como mucho, sube a 20.000). Hagámoslo más personal: mi madre (cabeza de familia) tiene un 60% de clientes del vecino país.

Y podría seguir, pero seria volverme redundante. Lo que importa es lo siguiente: Cúcuta y San Cristobal no son dos ciudades de países distintos, son una ciudad, una gran ciudad, hogar de hermanos que históricamente han sido vecinos amigables.

Les dí esa introducción porque la experiencia me ha demostrado que la gente en la capital no entiende las implicaciones que tiene un conflicto con Venezuela. Cuando en la frontera tiembla, aquí, en Bogotá, no lo sienten, simplemente lanzan madrazos y, con una estúpida valentía, dicen que a Chávez hay que darle en la jeta. (Pues claro, con ese ejemplo que nos da nuestro mandatario…)

Estoy generalizando, por supuesto, pero le quiero hablar a quienes caen dentro de esa caracterización.

En las discusiones (académicas e informales) se habla de cómo es muy malo que Chávez intervenga en asuntos internos, de cómo Chávez es el mejor amigo de las FARC, de cómo no hay que dejarnos, de cómo hay que buscar otros socios comerciales, de cómo hay que confrontarlo y decirle que sea varón (y no parecen tener problemas con el machismo de esa frase).

Sí, Chávez no debería meterse en asuntos internos, y no debería mostrarse tan condescendiente con las FARC, ni tampoco podemos dejarnos y permitir que el vecino nos dicte lo que debemos o no debemos hacer. Sin embargo, en esa caracterización del presidente vecino como el diablo enemigo, se nos olvida que en la mitad hay dos pueblos hermanos. Y este tema se ha alejado del debate electoral.

Mientras los empresarios respaldan al presidente Uribe, en Cúcuta nos apretamos el cinturón y nos preparamos para aguantar hambre. Porque una cosa es la economía de la nación, y otra muy distinta es la de la frontera. Cúcuta está en la miseria, y la situación puede empeorar si sigue el conflicto con Venezuela. Nuestra ciudad no está para actuar heroicamente y enfrentarse ciegamente a Venezuela por culpa de unos gobernantes con egos tan grandes que quizás pretenden ocultar algo (sí, acabo de hacer un chiste inmaduro, ¿y qué?).

Y es que la sola idea de una guerra es ridículo. ¡Por Dios! En caso de declaración de guerra lo que hay es revuelta popular. A Chávez lo tumban y el oriente colombiano se segrega. Porque por encima de la diplomacia estamos los ciudadanos. Porque por encima del orgullo están nuestras necesidades básicas.

Lo que pretendo con este artículo, con este grito en el vacío, es llamar la atención. Quiero que piensen la relación con Venezuela cómo algo más que la pelea con el loco vecino. Quiero que sepan que con cada insulto, con cada “¡sea varón!”, con cada juego que le sigan a Chávez, más cae en la miseria la frontera, más sufren los colombianos y los venezolanos, se genera más pobreza.

Ojalá que el próximo presidente sea mujer (y no me refiero a Noemí), y sepa arreglar este problema de la misma forma en que se arreglan los problemas de una familia: con una mezcla perfecta de amor, firmeza y cariño.

Imagen (cc)Jorge J. Sánchez Primera

Nota: ¡Sigo pidiendo un brindis en honor a los traidores!

Share

Anuncios
Posted in: Uncategorized