El eterno adolescente.

Posted on mayo 5, 2010 por

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Por Andrés Páramo

Inmortalizarse no es fácil. De hecho, perecer en un anonimato eterno y sordo, es la característica más humana de todas: ser en vida una arcilla informe, desvencijada por los años, que sirve de soporte para estructuras más grandes, perdiéndose en el viento y siendo reemplazada por una arcilla nueva. Cumpliendo a cabalidad el viejo refrán: a rey muerto, rey puesto.

Inmortalizarse bien, tampoco es fácil. Podría decirse que es más sencillo permanecer indemne al paso del tiempo, sin querer, que poniendo todas las fuerzas de la vida para ello. Así le pasó a Agamenón, Rey de  hombres, que creía que armando el más grande ejército de toda la historia, podría permanecer inmerso en ella para siempre.  Quedó el pobre rezagado ante un soldado raso de furia asesina y certera: Aquiles, el divino.

O puede sí, finalmente hacerse inmortal, pero con el sinsabor de una inmortalidad parcial. Como la de Borges – Jorge Luis -, que teme perderse en el olvido cuando su otro yo – Borges, la estrella literaria – sobreviva a los embates del tiempo.

Andrés Caicedo – el inmortal escritor caleño – es uno de esos pocos que no sirvió de arcilla informe.  Al usar la palabra “inmortal” puedo equivocarme, porque no sé cuánto tiempo estará vivo en el recuerdo de sus lectores.  Eso sí – y aquí empieza el monólogo – a mí siempre vuelve. Regresa, por ejemplo,  con ¡Qué viva la música!, la aventura literaria que narra tres estadios del arte, a través de la voz y los ojos de una mujer: la mona. Que es rubia, rubísima y hasta ahora, la mujer más hermosa y ligera que yo conozca. Ella es como las mujeres de Cali.

Pero no de la Cali real. No. De la Cali que me imaginé a través de las letras de Noche sin fortuna y de Calicalabozo. Las calles, los monumentos, la música y las mujeres. Todo llega y vuelve y baila. Yo he ido a Cali, la real,  con el único fin de contrastarla con los relatos literarios por los que me lleva Caicedo. Pero nunca la recuerdo. Si alguien me pregunta si he ido, diré que sí, e irremediablemente hablaré de la otra, la mágica y deslumbrante – la de los libros –

Andrés Caicedo murió a los veinticuatro años. La edad que él condenó como el límite máximo para vivir de forma sensata. Más de veinticinco años, implicaba para él dejar de ser niño y por eso se quitó la vida. Sin embargo, pese a su corta edad, su obra es prolífica y maravillosa, va a caballo entre la literatura y el cine.

Es uno de los escritores, que incluso después de la muerte, nos sorprende con cosas como El cuento de mi vida, una serie de textos inéditos de sus cuadernos y de sus cartas. La precoz escritura de Andrés Caicedo, fue precursora de la novela urbana en Colombia, abrió espacios, fue original y fresca. Desenvuelta como un adolescente, como ese que es y sigue siendo el mismo Caicedo, pese a que hayan pasado cincuenta y nueve años desde su  nacimiento.

Andrés Caicedo encontró la señal de salida y la supo  usar para construir, por ahí mismo, toda su literatura. Hoy todavía es lo que fue: joven, de gafas con marco de pasta, de pelo largo y enmarañado, flaco, de frente prominente y llena de espinillas. ¿Y dónde está la salida? ¿Cómo la encontraremos? La respuesta está, por supuesto, en su obra, que es más inmortal que él, pero que nos deja los retratos de su eterno y bienintencionado caminar por este mundo.

(cc)Radio Bemba! SoundSystem

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