Violencia, duelo y negación en Colombia.

Posted on diciembre 30, 2009 por

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Por Mockinpott

(Dominio Público)

Una tarde en Barrancabermeja un joven de 23 años va a tomarse unas cervezas a una cantina de barrio. Una motocicleta con dos ocupantes se detiene un momento frente a la cantina y uno de ellos dispara una ráfaga sobre el establecimiento con un arma de fuego automática antes de huir.  Todos los que se encontraban en el sitio son alcanzados por las balas quedando sin vida o gravemente heridos, entre los muertos se cuenta el joven. La noticia llega a oídos de su madre que se desmorona en llantos y exclamaciones por la pérdida hasta quedar dormida, sin energías para seguir llorando. La mañana siguiente, esta mujer no recuerda nada de lo ocurrido, incluso pregunta por su hijo y se preocupa por él por no haber vuelto a la casa -“¿donde estará ese muchacho? Tan raro que ni siquiera ha llamado”- dice. El joven no tenía nada que ver con ningún actor armado, sencillamente estaba en el lugar y en el momento equivocados.

Las pérdidas que ocasiona la guerra a la población civil son muy dolorosas, pero una disociación así es algo alarmante. La perdida del hijo se separó completamente de la realidad de esta mujer, se convirtió en un evento olvidado y desconocido en su vida para que ella pudiera continuar manteniendo cierta estabilidad psíquica y emocional, pero le impide llevar un duelo saludable.

Disociaciones así son comunes en nuestro país, donde hay quienes niegan que hay una guerra aconteciendo en nuestro territorio, quienes no quieren saber que pasa en ella, quienes viven “lejos del monte” sin saber de sus terribles consecuencias, quienes sencillamente se preocupan por la posibilidad de viajar por el país sin salir perjudicados, quienes siguen su vida ignorando la cantidad de sangre compatriota que se derrama todos los días; todo esto para mantener cierta estabilidad psíquica y emocional.

Por otra parte, hay en el discurso público pérdidas que son  ignoradas y otras que no. La muerte de un soldado combatiente exige un duelo nacional, por ejemplo, pero no con el mismo ímpetu que la muerte de este joven y otras miles de personas, o como los falsos positivos, los desaparecidos, las víctimas de la limpieza social y los mismos guerrilleros muertos en combate (así como las mujeres y las diversas identidades sexuales azotadas por la violencia).

Esta repartición diferencial en la capacidad de llevar un duelo es la base de la injusticia social,  cuando hay diferentes tipos de personas dentro de las cuales sólo algunas son dignas de ser lloradas no se puede llevar un duelo colectivo (como nación) para superar las pérdidas (como expone en Vida Precaria’ Judith Butler). Si no logramos llevar un duelo saludable por cada pérdida y caemos en una negación selectiva de algunas esta negación mantendrá el rencor, el odio, la impunidad y en últimas la maquinaria de guerra. Los invito a no olvidar nuestros muertos, ninguno de ellos, ni hoy ni el día en que termine la guerra y podamos llevar un buen duelo para continuar nuestras vidas en paz.

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