Adiós a la dosis.

Posted on diciembre 11, 2009 por

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Por Andrés Páramo

Bien lo dijo un amigo hace poco: en su sexto intento, Uribe logró penalizar el porte y consumo de la dosis personal. Martilló tanto el clavo que por fin lo hundió en la madera. O en la Constitución, ese pobre texto del que no va a quedar nada. Sólo el recuerdo.

No es una sorpresa, creo yo, para nadie. El gobierno tiene una experiencia bestial en modificar articulitos a su gusto. La cosa va más o menos así: en una sentencia, que es pieza jurídica y literaria a la vez, la Corte Constitucional de 1994 dijo que, de acuerdo con la Constitución, los colombianos tienen derecho a consumir una dosis mínima de droga. (Sentencia C-221/94)

No es por capricho del Magistrado Ponente Carlos Gaviria, como aseguran los uribistas. No es que Carlos Gaviria le haya hecho un daño ingente a este país y por culpa de él el “microtráfico” de drogas se haya disparado.

Fue la Corte Constitucional (una institución que cuenta con nueve magistrados) dándole una correcta interpretación al modelo que la Constitución quiso: uno en que las personas sean libres de decidir sobre su propia vida. La esfera más íntima, intocable para el Estado. Pero no. Para los uribistas fue Gaviria. Como si toda la rama judicial (como parece querer Uribe en su rama ejecutiva) estuviera en cabeza de un solo hombre.

La Constitución dice sí. La institución que la interpreta dice que también. Pero al gobierno no le gusta, entonces, a la brava, manda a decir que la Constitución diga no. Y punto.

Vamos a la norma. Ésta prohibe, pero además estipula que el adicto será tratado como  un enfermo y que se tomarán todas las medidas médicas pertinentes, cuando él dé su consentimiento informado.

¿Y si el adicto no se cura o no quiere curarse? Yo no sé cuánta plata le van a invertir a esos tribunales siquiátricos y médicos en un país que cuenta con millones de consumidores, adictos y no adictos. Además, ¿Cómo hace un policía en la calle que encuentra a alguien con un porro en el bolsillo? ¿Lo trata como adicto o lo trata como “micronarcotraficante”? Ahí está lo que deja un capricho normativo: misterios sin resolver.

Lo triste es que los colombianos ya no tienen la libertad de hacerse daño a sí mismos por los medios que quieran. El borracho sí puede tomar sin medida ni límite, hasta ocasionarse una cirrosis. El fumador puede meterse veinte cigarrrillos diarios hasta que sus pulmones no aguanten más. Para eso no hay problema, ni regulación. Pero el drogadicto no puede. ¿Qué los diferencia? Nada. Exactamente eso es un capricho: querer algo cuando la diferencia real con cosas semejantes es ninguna. Uribe en vez de querer una Cremoleta, quiere una Drácula. Y el Congreso se la da.

Como nos acostumbró el gobierno, la última esperanza es la Corte. Que es como el Chapulín Colorado. Aparece cada vez que un ciudadano dice: “Oh, y ahora, ¿quién podrá defendernos?”

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