Historia familiar

Posted on noviembre 3, 2009 por

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Por Mockinpott

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(cc)Juliana Suescún

Siempre es fácil hablar de los problemas de personas lejanas, distantes, ajenas. Es fácil distanciarse de nuestra vida cotidiana para simplificar los problemas de gente que vemos desde lejos o en televisión, de quienes hemos leído o escuchado sin conocer el resto de sus vidas del que no sabemos nada. En fín, es más facil juzgar con poca información que buscar mucha para saber que decir. En esta oportunidad les comparto una historia cercana, cotidiana que se sigue tejiendo mientras escribo y mientras leen.

Me encontraba con mi padre una tarde en mi casa cuando su esposa -con la que se casó dos años después de separarse de mi madre- regrasaba con mi abuelita de la clínica en la que había estado hospitalizada los últimos cuatro días.  Mi madrastra entró directamente al cuarto de mi abuelita para dejar las cosas que traía de la clínica mientras saludaba a grandes voces. Ella, al igual que mi papá, es de la región caribe de nuestro país, por lo que habla fuerte y rápido. Tras ella entró, caminando lenta y fatigadamente, mi abuelita apoyada en su batón de tres pies.

Mi padre sentado en la sala, la cual hay que cruzar para ir de los cuartos a la cocina, le preguntó a su esposa:

– ¿Que le dijeron?-Mi abuelita sufre del corazón y su tratamiento requiere que ella esté anticuagulada todo el tiempo, es una condición delicada pues cualquier herida que llegue a tener tiene serias dificultades para cerrarse y podría desangrarse facilmente. En esta ocasión, un error en la dosis de la medicina que la mantiene anticuagulada le desarrolló leucemia y tuvieron que internarla hasta que se regulara.

– Tiene que volver a tomar la medicina -contestó- se la habían suspendido, pero ahora la anticuagulación está muy bajita y tiene que estar yendo a revisársela hasta que esté entre 2 y 3. Apenas la tiene en 0,5. También dijeron que no puede estar sola.

-¿Y por qué?- vociferó mi padre sin disimular el enfado que esto le producía -¿Por que no podemos dejarla sola?

Su esposa desvió la mirada y contestó con incomodidad.

-Eso dijo el médico.

-¡¿Y?!- Gruñó él levantando aún más la voz -¿Que razón dió el médico para eso?-. Ella clavó la mirada en el piso y con voz baja y desesperada dijo: -Por razones médicas ¿por que más va a ser? Por razones médicas…- Mi padre se levantó de la poltrona en la que estaba y se fué resoplando hasta su cuarto donde se acostó en la cama a ver televisión sin dejar de fruncir el ceño.

¿Nota algo raro en esta situación? Permítame presentarle un par de datos más para comprender las implicaciones de esta circunstancia aparentemente sencilla. En los últimos años mi abuelita, como muchas otras, se volvió una carga para sus hijos que no querían hacerse cargo de ella en su edad avanzada. A esto se suma que aún hoy le echan en cara traumas no resueltos de su niñez, entablando relaciones sumamente violentas para ella. El caso de mi padre es el siguiente: él se jacta de haber sido quien ‘echó’ a mi abuelo de la casa para acabar con las agresiones que este último perpetraba contra mi abuela. Al parecer, mi padre esperaba ser tratado como un héroe por esto, pero en cambio se le culpo de haber fragmentado a la familia, así que se desquita con su madre por esa falta de reconocimiento.

Él no ha sido el único en despreciar a mi abuelita por eso, su hermana y su hermano (ambos menores que él) han tratado con desprecio a su madre por considerarla responsable de las tragedias familiares de tiempos pasados. Sin embargo en los últimos años le han manifestado su arrepentimiento, hoy son cuidadosos y atentos con ella a pesar de la distancia -ambos estan en EE.UU-. ¿Y mi abuelo? Como la mayoría de los perpetradores de violencia doméstica se libró de toda consecuencia de sus actos. Una vez se fue de este hogar se casó con una mujer 20 años menor que él y tuvo nuevos hijos, garantizandose una vejez cómoda al lado de una nueva familia y dejndo atrás todo el daño que causó sin siquiera percatarse.

Pero esto de ‘volarse’ responsabilidades no es algo exclusivo de mi abuelo. Si se fija en la situación que narré, su esposa se ve supremamente incómoda al tener que responder a su inquisición, ¿por que? Él ha descargado toda la responsabilidad del cuidado de su madre a su esposa: es ella quien la acompaña al médico, consigue sus medicinas -un proceso sumamente desgastante ya que debe reclamarlas a la EPS a través de una tutela-, es ella quien está pendiente de mi abuelita todo el tiempo. Pero no solo tiene que cuidar a su suegra, tiene también que aguantar las quejas de su marido con respecto a ella, él que culpa a su madre de no poder hacer nada sola. Esta acusación surge de su frustración pues él siente que debió ser ella quien se enfrentara mi abuelo sin tener en cuenta la situación que ella enfrentaba -el temor y la humillación que lleva consigo la violencia a la cual estaba sujeta-. Entonces, la esposa de mi padre se ve presa en una dualidad que se hace explísita en la escena que describí: debe cuidar de mi abuelita para cumplir con la responsabilidad que su marido está evitando pero también debe compartir el desprecio de este por su madre.

Una historia familiar que empieza con la violencia de un pater familias y que deja secuelas en las generaciones siguientes, estas generaciones no pueden romper elipses de violencia heredadas, y esas elipses descargan la mayor parte de su fuerza en las mujeres -porque la ropa sucia que ‘se lava en casa’ siempre la lava la mujer-. Éste es un pequeño capítulo de la historia de mi familia, pero nos deja ver la violencia a la que estan sujetas las mujeres y las personas de la tercera edad mientras que ‘el país’ -sobre todo la gente ‘seria’ y ‘letrada’- sigue  pensando que su problema ‘serio’ es solo del orden político, público o de ‘terroristas’; mientras que ‘la ropa sucia se lava en casa’.

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