De andar en pelota, y otras limitaciones culturales

Posted on octubre 9, 2009 por

2


Por Laura V. Pérez

Hace poco, en una clase a la que asistía, se dio un debate sobre los contenidos éticos de conceptos como el de los derechos humanos y el de la dignidad humana. ¿Cómo podría definirse la dignidad humana? Se introdujo una posible solución a este problema: la de encontrar puntos en común, mínimos éticos sobre los cuales hubiera consenso, y a partir de ahí establecer las reglas básicas del juego. La idea me emocionó, sonaba como una metodología neutra con la que uno podía aproximarse a dialogar con sistemas diferentes a ese en el que uno nació. En un mundo altamente interconectado, donde cada día conversamos desde ángulos tan distintos con otros miembros del planeta, una metodología con la cual poder llegar a acuerdos entre personas de culturas y realidades diferentes me parecía, cuanto menos, de una utilidad básica infinita.

Sin embargo, y a medida de que avanzaba la discusión, las limitantes de nuestro propio entorno cultural empezaron a salir a flote y a llenar con contenidos propios las categorías que antes parecían tan neutras en esta metodología. Por ejemplo, a través de historias personales los estudiantes definieron casos en los que consideraban que su dignidad humana se veía violada o amenazada por otras personas, entre los cuales uno reiterativo era el de circunstancias en las que su cuerpo se veía exhibido de formas particulares, despertando el pudor físico de quienes se veían afectados. Era el caso de montar en transmilenio en hora pico, cuando numerosas manos te soban, tocan, y empujan mucho más de lo que se desearía; el de requisas corporales que involucraban tocar partes digamos que privadas del cuerpo; o el del tener que compartir con muchos o con desconocidos espacios relacionados con el cuerpo, como baños o dormitorios. En general, las circunstancias en las que uno no pudiera controlar el nivel de exposición corporal de uno mismo eran consideradas indignas, y en vista del consenso entre los de la clase, se escribió en el tablero que la privacidad o intimidad del individuo era un mínimo ético universal. Yo, por mi parte, me acordé de una historia.

En una universidad china en la que estudié chino mandarín durante un tiempo habia una gran sede deportiva para los alumnos, con dos maravillosas piscinas olímpicas a las que empecé a ir regularmente en mis tardes libres. El primer día llegué al vestier femenino y me recibieron nubes de mujeres chinas desnudas andando por todas partes. Pensé que en varios lugares del mundo las personas eligen andar desnudas en los vestieres después de hacer ejercicio, especialmente en las sedes deportivas de centros educativos como los colegios y las universidades, por lo que simplemente entré y me puse a buscar un lugar, como igualmente suelen haber en los vestieres de otros lugares, en donde hubiera una puerta que uno pudiera cerrar si desea y un ganchito para colgar lo que uno se quita y se pone. Todo fue en vano: no existía tal cosa en ningún punto del cuarto, excepto por un único sanitario que tenía puerta pero no gancho y estaba completamente emparamado (cabe aclarar que en china no hay sanitarios sino letrinas, es decir, huequitos de porcelana insertados en el piso, por lo que tampoco había sanitario para apoyar las cosas). El lugar consistía de una pared que lo rodeaba todo, y lockers y duchas comunales. Era completamente imposible cambiarse en soledad. Fuera de esos, ducharse después de nadar era un acto social en el que las mujeres se refregaban mutuamente las espaldas a veces, y conversaban a gritos mientras se enjabonaban el pubis.

Entré en shock. Las chicas a mi alrededor miraban a la extranjera con curiosidad de qué es lo que iba a hacer, y no me sentía segura de querer darles el show de empelotarme al frente de ellas. Me sentí, como los de la clase, violentada y vulnerada, sin ninguna posibilidad de elegir no exhibirme, obligada a compartir mi privacidad y mi cuerpo con una cantidad de perfectas desconocidas. Empecé a quitarme la camisa, mirando de reojo a mi alrededor, y finalmente entré en pánico y, haciendo maromas, me cambié en el baño del lugar. A la salida, me duché con mi vestido de baño puesto, aunque nadie más en el lugar lo hacía, y lo hice en la ducha comunal más alejada de la gente. Pensé que se trataba de una cultura de atropello a la individualidad de las personas, en la que tu privacidad, tan fundamental en la Colombia en la que me criaron, era inexistente, y te llevaban al punto de obligarte a realizar acciones que para mí eran completamente mías, de forma compartida. Y entonces inició en mí un proceso muy especial.

A medida que seguía yendo a nadar, y hacía carpas improvisadas con toallas para cambiarme tranquila, observaba a las otras mujeres, las oía conversar. Algunas empezaban a ponerme temas: que de dónde era, que cuánto llevaba allí. Que por qué me duchaba con el vestido de baño puesto, si todas éramos iguales. Ellas estaban realmente tranquilas con la forma en que las cosas ocurrían, no se sentían angustiadas, exhibidas, limitadas. La rara, la loca, la que andaba envuelta en trapos y escondiéndose de forma tan poco natural y exagerada era yo, no ellas. La angustiada mentalmente era yo, no ellas. En últimas, la realmente limitada por sus concepciones culturales de privacidad y de pudor, la que estaba aprisionada por el temor a su propio cuerpo, la que tenía tragado el cuento de tener vergüenza era única y exclusivamente yo. Creyéndome poseedora de la verdad, sintiéndome apoyada por mis ideas occidentales de privacidad, asumiéndolas como algo universal que sólo pueblos bárbaros desconocían, yo había llegado en un primer momento a juzgarlas, a ellas que funcionan y han funcionado así desde tiempos históricos que a un colombiano ni se le pasan por la cabeza, y que hacen parte de el país más poblado del mundo, en el continente más poblado del mundo. ¿No será que lo mío era apenas un puntico de vista, que ni siquiera era el mayoritario ni el más antiguo en el mundo? Me examiné a mí misma, y encontré que la del problema era no, no ellas.

Volviendo a la ética de mínimos y máximos, me pregunté entonces: ¿es algo así realmente posible, si de entrada pretendemos llenar esos contenidos del mínimo con muestras propias y limitadas concepciones sociales? En clase no nos preguntamos por la forma de llegar a conclusiones que incluyeran puntos de vista radicalmente opuestos a los nuestros. Llegamos a acuerdos entre nosotros mismos, niños colombianos de un entorno académico y socio-económico homogeneizado, cosa que no supuso mayor dificultad, y todos quedaron convencidos de que esa era la forma en que debían solucionarse los problemas de diálogos intersistémicos e interculturales. Está en nuestras manos hacer un examen concienzudo y humilde de nuestras limitaciones como producto de la tradición occidental en la que estamos sumergidos hasta el tuétano, pues sólo de esta forma podría establecerse realmente un diálogo intercultural que consistiera en más que juzgar a otras culturas por la forma en la que hacen las cosas y tratar de imponer nuestra visión de cómo deberían hacerlas. Esto es válido tanto en relaciones interpersonales, como en temas de gran calado como los derechos humanos, la dignidad humana, la democracia y las teorías de estado. Poco o nada de lo que creemos absoluto y universal lo es realmente, y sólo cuando lo entendamos dejaremos de darnos golpes contra el mundo.

Share

Anuncios