¿Nosotros? ¿Un país violento?

Posted on septiembre 25, 2009 por

2


Por Laura V. Pérez

Una gran amiga, de otro país, me preguntó si en verdad Colombia era un país violento. Le dije (como solemos responder los  colombianos cuando un extranjero nos indaga en este sentido) que eso era algo muy relativo, que la mayoría de las personas vivían casi todo el tiempo tranquilamente en su cotidianidad, y que tan sólo grupos muy minoritarios y relativamente alejados de las ciudades intermedias y grandes trataban de boicotear el país; que los colombianos eran realmente seres alegres y tranquilos. Yo misma pensaba así: al margen de que uno sepa de los enfrentamientos entre grupos guerrilleros, paramilitares, y narcotraficantes son una realidad del país, uno de todas maneras vive aquí, y generalmente se acostumbra a vivir en medio del desorden, terminando por decirse a uno mismo que todo eso realmente no es tan terrible como dicen en el exterior.

Después, salí a la calle. Intenté pasar a la acera del frente y los carros de la calle del barrio residencial en el que me encontraba, aparentemente ofendidos por que yo los pretendiera obligar a bajar de quinta a segunda, no sólo no disminuyeron el paso al que iban sino que, cuando inevitablemente iban a atropellar a esta transeúnte,  pitaban de forma escandalosa y hacían violentas maniobras de esquiva, como si esos segundos y esos pocos metros que perdían por frenar no fueran un reconocimiento mínimo de respeto a la humanidad misma de la persona que no anda motorizada. Al día siguiente, un amigo me cuenta que yendo a clase de siete de la mañana pasó por cierta calle muy transitada de la ciudad, y vio el proceso de levantamiento del cadáver de alguien en la mitad de la calle. Posteriormente se supieron detalles de la noticia: un busetero y un taxista, compitiendo egoísta e irresponsablemente con sus vehículos, atropellaron a una niña que se dirigía en bicicleta a su colegio. Seguramente pensaron que no valía la pena perder, de nuevo, esos segundos y metros de recorrido por un insignificante humano que (de forma intolerable) se atrevía a querer joderles la vida andando en bicicleta por la calle.

Llegué a la universidad y alguien me contó que venía de ver a su amigo que estaba en el hospital por que le pegaron una puñalada en la calle. No lo robaron: sólo lo apuñalearon, le descargaron en su cuerpo violencia ciega sin sentido. No entendía por qué le habían hecho eso, desconfiaba de las personas a su alrededor. Nos acordamos de otro amigo común al que también le había pasado lo mismo, y quien después de ese episodio no volvió a sentirse cómodo caminando por la calle, y dejó de salir a fiestas y rumbas. Esa violencia física que sin motivo se le había propinado había logrado el efecto de amedrentarlo al punto de no querer acceder a los espacios que antes le pertenecían. Otro amigo andaba triste por que a sus papás, una noche en que iban en su carro, se les montaron hombres desconocidos en el vehículo, les apuntaron armas de fuego, los obligaron a recorrer varios cajeros de Bogotá, los insultaron, y después los abandonaron en un sector deprimido de la ciudad. Nunca había, mi amigo, conocido de primera mano a alguien que hubiera sido víctima de un paseo millonario: la narración de los momentos de angustia de sus padres mientras estaban a la merced de atracadores sin escrúpulos lo tenía conmocionado.

En la calle, las personas responden agresivamente frente al más débil, al que camina más lento. Se niegan a ceder un centímetro de su posición para ceder el paso a alguien, y además se burlan del que lo hace. Tienen siempre un insulto listo en la boca para gritarle al que los haga perder un segundo de su, supuestamente, apreciadísimo tiempo, aunque llegan con una gran sonrisa ante sus conocidos, con la amabilidad y tranquilidad que no manejan hacia el resto de la sociedad. El conductor de un taxi en el que monté hace un par de días pasó a centímetros del pie de un viejito que iba cruzando una calle despejada. No había semáforos ni otros vehículos, el taxista no necesitaba pasar tan cerca, podría haberlo esquivado con tan sólo andar un poco más lento y cambiar la dirección del carro. En vez de eso, a su paso, le gritó un insulto relativo a la edad y lentitud del viejito, y muerto de la risa me preguntó si había visto la expresión de susto del señor.

Yo, pensando en la respuesta que le había dado a mi amiga, me pregunté nuevamente: ¿no somos, en verdad, un país violento? Si entendemos violencia como el acto mismo de cogernos mutuamente a tiros, tal vez no lo seamos, pero la intolerancia y la falta de respeto que se manejan a nivel general en el trato entre colombianos sí crea percepciones serias de violencia en las personas, violencia en el sentido de ser permanentemente maltratados durante el desarrollo de actividades diarias que no deberían ser fuente de maltratos, o que en otros lados del mundo no lo son. Pensé en el viejito, volviendo a casa, sintiéndose pisoteado y sin derecho a salir de ella; en los peatones y en quienes se transportan en bicicleta, que diariamente enfrentan insultos y amenazas por simplemente querer desplazarse a sus oficios; en los que caminan con paranoia en la calle, apretando fuertemente sus bolsos o maletas, mirando con recelo cada punto oscuro que haya en la calle, tratando de prevenir una posible amenaza a sus vidas: ¿no es acaso eso violencia? Somos como el sapo que ponen en una olla llena de agua fresca, que se siente en casa pero no se da cuenta de que la olla ha sido puesta sobre el fuego y el agua se está calentando. No percibirá el cambio, hasta que la ebullición del agua de encargue de él.

Somos quienes creamos las condiciones de violencia en nuestro entorno, asimilando conductas que reprimen y maltratan, y además acostumbrándonos a ellas, y sólo en nuestro comportamiento individual pueden producirse los cambios necesarios para impactar positivamente a quienes nos rodean.

Share

Anuncios
Posted in: Opinión, Reflexiones